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Julio en Cinemateca

Mylene |

Cinemateca


En el mes de julio llegan a nuestras salas los siguientes estrenos:

Gioia mia, de Margherita Spampinato. Alguno de los efectos que a veces tienen las buenas películas es dar esperanza a quienes por momentos no la encuentran, enseñarnos que podemos aprender de nuestros errores, mostrarnos que la gente puede superar las diferencias que la separan y crear un mundo unido y solidario. Es eso exactamente lo que produce esta ópera prima de Margherita Spampinato. Un niño, inquieto e impertinente, y su anciana tía, devota y gruñona, se ven obligados a pasar un verano juntos. En el antiguo edificio siciliano donde ella creció, que en vez de wifi tiene fantasmas, sus respectivos mundos chocan: celeridad y lentitud, hiperconectividad y espiritualidad. Organizada en tres actos bien delimitados, Gioia mia cuenta con actuaciones sólidas por parte de los jóvenes actores y sus pares adultos, además de construirse sobre elecciones artísticas jugadas —apelar al claroscuro en la fotografía, recurrir frecuentemente al registro de cámara en mano— para componer una obra que apela a la emoción y la calidez. Este film tuvo su estreno mundial en competencia en la sección Cineastas del Presente del 78.º Festival de Cine de Locarno y compitió por el Leopardo de Oro. Además, fue seleccionada como mejor película por el jurado infantil +12 en el 44.º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay.

 

Moscas, de Fernando Eimbcke. Olga vive en un enorme multifamiliar, donde lleva una existencia solitaria, regida por hábitos inalterables. Pero cuando, por necesidad económica, renta un cuarto de su departamento a un hombre que, a escondidas, mete también a su hijo de nueve años, Olga se enfrenta a lo que más miedo le tiene: la conexión emocional. Su mundo, tan cuidadosamente controlado, empieza a cambiar y sus vidas se entrelazan en contra de su voluntad.

La risa y la navaja, de Pedro Pinho. La crítica cinematográfica recurre a la categoría «película-río» para pensar en obras expansivas, de una monumentalidad sui generis, y pocas películas recientes parecen invocar el concepto con tanta fuerza como O riso e a faca. Sérgio llega a Guinea-Bissau para trabajar en un proyecto de ingeniería, pero eso será apenas la punta del ovillo de un relato en perpetua mutación, capaz de borrar en su devenir las fronteras entre la ficción y el documental, y que —como un río— se extiende por orillas tan diversas como las consecuencias del colonialismo o la libre exploración de la sexualidad.

 

Una segunda vida, de Laurent Slama. La acción se ubica el 26 de julio de 2024, día de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de París. En ese marco,seguimos la historia de Elisabeth Vogler, una mujer franco-estadounidense con discapacidad auditiva y espíritu libre que trabaja en la capital francesa gestionando la entrega de llaves de los apartamentos turísticos. Su empleo, fuente constante de estrés, se convierte, sin embargo, en una necesidad, ya que de él depende la renovación de su visado. El día de la inauguración de los Juegos, Elisabeth (espléndidamente encarnada por Agathe Rousselle) conoce a un californiano estirado con el que se larga a recorrer la ciudad. A partir de ahí se desenvuelve una historia de amor platónico. La presencia del hombre no solo altera la rutina de Elisabeth, sino que introduce una nueva luz en su mundo marcado por la rigidez y la tensión laboral, de las que el problema auditivo de la mujer se convierte en una metáfora. Laurent Slama cultiva un estilo realista y convincente para exponer su tema y la exploración de sus personajes.

 

 

Ajustes de pérdidas, de Miguel Calderón. Pedro, un ajustador de seguros que viaja por México investigando catástrofes, debe lidiar con «carroñeros» corruptos. Para escapar de su trabajo, acepta actuar en una obra de teatro. La obra adquiere una dimensión emocional mayor que la de su profesión, creando un paralelo entre su derrota personal y la tragedia humana, lo que le genera una crisis de identidad. Dos mundos contradictorios colisionan, dejándolo en una paradoja.

 

 

 

 

La Odisea, de Christopher Nolan, en 35 mm. Después de la Guerra de Troya,

Odiseo se enfrenta a un peligroso viaje de regreso a Ítaca, encontrándose con criaturas como el cíclope Polifemo, las Sirenas y Calipso en el camino.

 

The Invite, de Olivia Wilde. Sigue a Joe y Angela y a cómo su matrimonio ha caído en la rutina. Angela invita a sus vecinos Kayla y Shane a unos cócteles e, inesperadamente, descubren cómo sus vecinos podrían estar organizando orgías semanales.

 

Dos estaciones, dos extraños, de Sho Miyake. Un chico y una chica se conocen en la orilla del mar durante un verano lluvioso. En invierno, una guionista en crisis creativa viaja a un pueblo cubierto por la nieve. Allí se instala en una pensión destartalada, regentada por un enigmático individuo. Este film de Miyake, que ganó el premio a Mejor Película en el Festival de Locarno 2025, es la adaptación de dos mangas de Yoshiharu Tsuge, maestro del manga literario japonés. Dos estaciones, dos extraños es un film de gran humanidad que no deja de ser una observación irónica del proceso narrativo en sí mismo, en el cual las dos estaciones del título cumplen distintos roles. El verano emerge de la imaginación de la protagonista, Li, mientras escribe el guion. El invierno, por su parte, retrata la vida real de la protagonista. Este juego de historia dentro de la historia contribuye a un film inteligentemente metanarrativo, delicadamente ambiguo, en el cual todos los personajes, ficticios y reales, son tocados por la desgracia. Shō Miyake (El combate de Keiko) filma un díptico sobre conexiones humanas que remite tanto a la obra de Ryūsuke Hamaguchi como al metacine de Hong Sang-soo.

 

Paraíso, de Daniel Mota. A principios de los 90, Portugal experimentó su propia explosión de música dance. Raves de proporciones épicas y un nuevo sonido dieron forma a lo que entonces se llamaba «música house underground de un paraíso llamado Portugal».

 

No hay hombres buenos, de Shahrbanoo Sadat. No Good Men, título con el que se estrenó en la apertura de la última edición del Festival de Berlín, dirigida y protagonizada por Shahrbanoo Sadat, parte de un tema que en otras manos podría haber derivado en un artefacto solemne o en un melodrama de tesis: la condición subalterna de la mujer en Afganistán, incluso durante los años en que el país era presentado por Occidente como un laboratorio democrático. Sadat, sin embargo, se las arregla para evitar ese camino fácil. Su película observa antes que proclama y encuentra en la respiración de lo cotidiano un lugar más fértil que en la retórica del cine de denuncia. Ambientada en el Kabul inmediatamente anterior a la entrada de los talibanes en 2021, la historia sigue a una joven aspirante a camarógrafa de informativos que intenta abrirse paso en un entorno laboral y social donde el machismo no es una anomalía, sino una estructura. La protagonista —periodista, madre, exesposa, mujer que vuelve a enamorarse— recorre ese paisaje humano con una mezcla de obstinación y escepticismo que Sadat interpreta con una naturalidad admirable. No es casual que la directora haya decidido ponerse ella misma delante de la cámara: su presencia funciona como una declaración de principios, pero nunca como un gesto subrayado. Uno de los aciertos del film está en su capacidad para dejar que la opresión masculina emerja de los pliegues de la vida cotidiana: en las discusiones domésticas, en los códigos sociales que marcan los límites de lo permitido, en la manera en que los hombres ocupan el espacio público con una comodidad heredada. Pero Sadat introduce también una corriente de humor que impide que el relato se vuelva asfixiante. A veces es un humor leve, casi cómplice; otras veces adopta una forma más gruesa, como en la escena en la que una amiga regresa de Estados Unidos con un vibrador que provoca una mezcla de escándalo, curiosidad y felicidad entre las mujeres del grupo. La Berlinale celebró precisamente esa mezcla poco habitual de ligereza y gravedad. El film se mueve con soltura entre la comedia íntima, el retrato sentimental y el comentario político, como si Sadat supiera que la vida —incluso en los contextos más opresivos— rara vez se organiza en un solo registro emocional. Pensada para un público amplio, la película no está exenta de ciertos pasajes más convencionales, especialmente en los conflictos con el exesposo, donde el guion se permite algunos atajos dramáticos. Y quizá el desenlace, precipitado por la irrupción del terror talibán, se inclina hacia una grandilocuencia melodramática que desentona ligeramente con la delicadeza de la que el film venía haciendo gala. Aun así, esta película confirma a Shahrbanoo Sadat como una cineasta de mirada lúcida y una actriz de notable precisión y, sobre todo, como una narradora capaz de encontrar humanidad en medio de una historia que el mundo suele contar solo desde la tragedia.

 

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