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Hermandad teatral México – Uruguay (Agosto 2025)

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Jazzpeando con La Trouppe


En el marco de los festejos por los 45 años de su creación, la compañía teatral independiente La Trouppe, considerada un ícono del teatro infantil mexicano, llevará a cabo un espectáculo vibrante que combina ritmos de jazz y blues con títeres a gran escala en una cámara negra, con alegres payasos y una explosión mágica de creatividad.

El montaje, denominado Jazzpeando con La Trouppe, está diseñado para públicos de todas las edades, pero tiene como finalidad introducir a las infancias al universo del jazz y el blues, géneros musicales que estimulan la creatividad, la sensibilidad y la imaginación.

A lo largo de 60 minutos, el espectáculo lleva al público por un recorrido de algunos de los momentos emblemáticos de la trayectoria de La Trouppe; se reviven temas de obras como Trupeteando, La Artesteada Trupetera y Trupus tenebris, pero acompañados por los personajes icónicos de Lady Lucas, Noni Pelusas y Toño Canica, entre otros. En ese contexto, la técnica de teatro negro, sello mágico y distintivo de la agrupación, se combina con coreografías dinámicas y la interacción de sus payasos, creando una experiencia multisensorial que provocará risas en el espectador.

La importancia del jazz para las infancias radica en su capacidad para fomentar el desarrollo emocional y cognitivo. Con su improvisación y ritmos contagiosos, el jazz estimula la creatividad, la escucha activa y la expresión emocional en los niños. A través de melodías accesibles y letras llenas de imaginación, Jazzpeando con La Trouppe invita a los pequeños a explorar la música como un medio para conectar con sus emociones y con el mundo que los rodea. Ese enfoque educativo y artístico refleja el compromiso de La Trouppe con la formación integral de las nuevas generaciones, utilizando el arte como una herramienta para inspirar y transformar.

El montaje, explicó Lady Lucas, interpretada por la actriz Sylvia Guevara, “busca que los niños escuchen música y conectar con ellos, pero acompañados con nuestro característico estilo, que esta vez incluye sketchs, así como tres temas grabados de cantantes de jazz mexicanas como Iraida Noriega con Calaveras del montón, Betsy Pecanins con La rata punk y Verónica Ituarte con Jazzpeando.

La agrupación se creó por egresados de la Escuela Nacional de Arte Teatral el 8 de diciembre de 1980 y se ha especializado en espectáculos dirigidos a toda la familia, además de ser pioneros en la combinación de títeres en cámara negra, payasos y la acción escénica.

La Trouppe cuenta con más de 25 producciones, la película Calacán (1985) y participaciones en más de 200 festivales nacionales y 12 internacionales. Su trabajo ha sido reconocido con galardones como el Premio Enrique Alonso 1987 y el Premio Rosete Aranda 2009 a la Mejor Compañía de Títeres de México. En tanto, su participación en la edición 50 del Festival Cervantino consolidó su relevancia como embajadores del teatro infantil mexicano.

Los truperos, como se hacen llamar, diseñan y elaboran los títeres, el diseño, la música, la dirección, el vestuario y toda la producción de sus espectáculos, lo cual les permite estar activos y vigentes.

Se trata, pues, de un espectáculo lleno de música, buen humor y compromiso social, ya que plantea al arte como una herramienta para inspirar y transformar la realidad.


Los signos del zodiaco, de Sergio Magaña, referente del teatro neorrealista mexicano

 Sergio Magaña, nacido en Tepalcatepec, Michoacán, en 1924, fue un dramaturgo, escritor, columnista e integrante de una generación de creadores, que con su obra Los signos del zodiaco (1950) estableció una temática y una estética fundacionales del teatro neorrealista mexicano. Cuando el 17 de febrero de 1951 cayó el telón en el escenario del Palacio de Bellas Artes, la ovación del público anticipó la fortuna que le estaba deparada a Magaña. Era el estreno de Los signos del zodiaco, dirigida por Salvador Novo, entonces director del Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes.

Magaña, un joven de apenas 26 años y de familia humilde, se había iniciado en la dramaturgia apenas tres años antes, pero esa puesta en escena será considerada el inicio del nuevo auge teatral mexicano. Como parte de la llamada Generación del medio siglo, con Los signos del zodiaco Magaña ya revela una escritura profesional, obra que marcará su carrera dramática.

Por una parte, el autor evidencia su dominio de la composición dramática y, por otra, inaugura una estética cuyo núcleo temático es la pobreza. ¿Cómo se enfrenta la miseria? Él lo hizo desde un planteamiento social y ético, antes que moral. Magaña eligió como locación una vecindad del México de los años cuarenta, donde los residentes compartían espacios y experiencias de vida, lo que le permitió recrear su visión de un mundo las más de las veces sórdido, despiadado, donde es raro que se encuentren la realidad y el deseo. Pero en el retrato de esos seres marginados introdujo la noción de determinación social.

Magaña creó un universo de historias entretejidas, como la de Ana Romana, la portera, a quien todos los vecinos aborrecen porque a las diez de la mañana les quita el suministro de agua; Eloína, la niña adolescente que quiere vender su cuerpo por algunas monedas; una cantante de ópera en decadencia que solo se la pasa exigiendo y chantajeando a su atribulado marido; Polita, mujer que está enamorada de Pedro, considerado por todos un comunista, y las hermanas Estela y María Walter, continuamente señaladas como las “ligeras”.

Los actos irracionales, las relaciones hostiles y hasta la locura que plantea el autor surgen como consecuencia de la pobreza y la marginación en la que los personajes se encuentran recluidos. Solo algunos de ellos, de manera excepcional –y ayudados por Pedro Rojo– logran escapar. De ahí que la obra esté fundamentada en “la teoría del medio”, la cual sostiene que los individuos están determinados por su entorno social; además de enmarcarse en el llamado naturalismo sociológico.

La vecindad, en el México de finales del siglo XIX y principios del XX, eran espacios comunitarios donde se compartían áreas que hoy en día pensaríamos privadas, como los baños o la cocina. Además, en los cuartos de la planta baja se hacinaban familias pobres en espacios reducidos, mientras que en los pisos altos solamente podían vivir quienes tenían mayores ingresos o incluso los dueños o administradores de las propiedades.

La gran metáfora de la obra se anuncia desde su título: para la mayoría de esos seres humanos la vida se rige desde fuera, desde los signos del poder y del dinero. Magaña nos enfrenta al destino y parece gritarnos que antes que la resignación al sufrimiento; que rendirse a la degradación y al envilecimiento; que abandonarse a la histeria y la locura, la única posibilidad de escapar, si hubiera alguna, estaría en la huida, en la lucha por la autorrealización y en la solidaridad.

Magaña, quien falleció en 1990, comentó en una entrevista que su obra estaba llena de ambición, y pensaba que debería revolucionar todo el teatro mexicano. Dijo: “Lleva el mensaje que yo quise y las palabras que yo siento. Es realista, pero no verista; es mexicana, pero no local, y si —como creo— logré mis intenciones, no será una obra temporal, sino que se colocará más allá de nuestros días”.

En algunas entrevistas, Magaña consideraba Los signos del zodiaco como una obra de corte realista. Sin embargo, algunas críticas que aluden a la representación exponen que el drama tuvo un tratamiento naturalista, bajo la dirección de Salvador Novo, y, años más tarde, derivó en un montaje de corte expresionista con el director teatral de autores clásicos y contemporáneos, Germán Castillo.

 

 

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