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 Unx no sabe con certeza cuál es la brizna que rompe la espalda de un camello

Una puesta en escena de Mariana García Franco y Vera Rivas que explora el papel de las imágenes en la construcción de memoria.

La propuesta del montaje creado por la actriz Mariana García Franco y el director Vera Rivas plantea un territorio de encuentro entre teoría crítica, experiencia personal y práctica escénica. Unx no sabe con certeza cuál es la brizna que rompe la espalda de un camello se anuncia como un ensayo escénico y se vive como una especie de conferencia performática que pone en tensión la manera en que se construyen las narrativas contemporáneas y, sobre todo, quién las legitima.

El título es una alusión a la cantidad de símbolos, historias y prejuicios que se apilan sobre las personas hasta que las quiebran. Para abordar esa idea, el enfoque escénico es interdisciplinario, integra tecnología, pensamiento crítico e investigación, y también poética corporal.

Tres personas en escena, una pantalla, una mesita, un sofá, una mesa y un par de sillas, son todo lo que se necesita para ejecutar la proyección y generación de imágenes con herramientas de inteligencia artificial, simultáneo al desarrollo de las reflexiones en voz alta de los protagonistas. La narrativa transcurre entre archivo digital, inteligencia artificial y un cuerpo que resiste.

En el centro está una pregunta directa: ¿quién construye la memoria? Una memoria que deviene en narrativas que se viralizan por medio de imágenes. Imágenes como el vehículo para construir, legitimar y circular una mirada colonial. No querer decir una verdad sino mostrar cómo se fabrica una mentira… Si tanto la imagen espectacular como la inteligencia artificial construyen una narrativa homogénea, aquí el desafío será la ruptura: la imposibilidad de una imagen estable, la resistencia del cuerpo que insiste en su propia experiencia.

La tecnología funciona como herramienta crítica: produce, distorsiona y evidencia sus propios fallos. Las imágenes que nos dicen qué mirar, qué ocultar, qué sentir, ya no representan el mundo, lo deforman y a la vez nos deforman. El objetivo es generar fricción: mostrar cómo ciertas imágenes, repetidas hasta volverse naturales, terminan moldeando la percepción colectiva.

 

“No nos interesa contar una historia cerrada; buscamos exhibir los mecanismos con los que se fabrica”, señaló el director y dramaturgo Vera Rivas, también diseñador y productor multimedia.

 

 

 

¡Pase de lista!

Un musical que, como acto de memoria, alza la voz por las generaciones actuales y propone no olvidar y no callar

La matanza del 2 de octubre de 1968 en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en la ciudad de México, fue un parteaguas en la vida política nacional. Mostró con crudeza la naturaleza represiva y antipopular del Estado mexicano y, al mismo tiempo, fue una demostración de la capacidad de organización, movilización y lucha de los estudiantes y otros sectores populares, para ganar las calles, hacer oír sus demandas y avanzar en la construcción de una sociedad más libre y democrática.

La obra ¡Pase de lista! sitúa al espectador en las horas posteriores a la tragedia del 2 de octubre y se desarrolla en una habitación donde seis jóvenes estudiantes se resguardan tras la matanza. Mientras afuera se desata uno de los episodios más oscuros de la historia mexicana, entre los protagonistas se establece un relato íntimo y poderoso. A partir del encierro se propicia una asamblea involuntaria en la que los personajes afrontan sus miedos, deseos, contradicciones y posturas políticas, que están lejos de construir figuras heroicas.

Pase de lista es un musical que narra el movimiento estudiantil desde la vida cotidiana. Se enfoca en personas comunes y en los dilemas que surgen cuando se vuelve inevitable tener que decidir entre callar o tomar posición. En ese contexto surgen vínculos humanos como la amistad, el amor joven y las dudas e impulsos de resistencia; además, la narrativa establece un diálogo con el presente y recuerda que “la memoria es una responsabilidad colectiva, no un acto del pasado”.

La obra parte de la creación original de Víctor Andrade, con dramaturgia compartida entre él e Iván Sotelo, quien también dirige el montaje.

Sotelo puntualizó: “Elegimos el formato musical porque la música conecta con la memoria colectiva y fibras personales profundas, permite que el mensaje vibre con fuerza y constituye una metáfora de alzar la voz, como se hace en las marchas”.

Agrega que el montaje se enfoca en las generaciones que no vivieron el 68, pero heredaron sus consecuencias; asimismo, busca acercar al espectador mediante una narrativa ágil y música que tiende puentes emocionales. Más que una reconstrucción histórica, representa un acto de memoria viva al nombrar a quienes ya no están, al tiempo que cuestiona cuánto ha avanzado la sociedad mexicana en temas de justicia y represión.

 

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