ENTREVISTA
PANORAMA DESDE EL PUENTE, DE ARTHUR MILLER
Héctor Guido:
“Siento que esta versión de la obra dialoga profundamente con nuestro presente”
Héctor Guido, actor y director integrante de El Galpón, cuenta con una extensa y destacada trayectoria en ambas disciplinas, así como con una relación especial con el dramaturgo fundamental del siglo XX, el norteamericano Arthur Miller. Ahora estrena, a partir de una nueva lectura, la obra de este autor, Panorama desde el puente, donde, entre otros temas de actualidad, se refleja la tragedia del hombre común.
Luis Vidal Giorgi
—Has participado en espectáculos con textos de Arthur Miller, tanto como actor como director; recordemos, por ejemplo, La muerte de un viajante, Todos eran mis hijos y El precio. En todos aparecen las grietas del hegemónico “sueño americano”. ¿Qué encontrás como virtudes en este autor fundamental del siglo XX?
—Comencé la búsqueda de una nueva obra con entusiasmo. Veníamos de reponer espectáculos anteriores, como Agosto y Nuestra vida en familia, y sentía la necesidad de enfrentarme a un texto nuevo. Siempre es estimulante abordar materiales inéditos; representan un desafío distinto y una oportunidad de descubrir nuevos caminos.
Durante varios meses leí mucho. Pasé por diferentes autores y proyectos. Estuve cerca de decidirme por algunas adaptaciones, entre ellas la novela 1984, y también revisé propuestas tan diversas como Marat/Sade, además de numerosos textos que me acercaron compañeros y colegas. Volví a autores latinoamericanos y recorrí distintas posibilidades.
Sin embargo, había algo que condicionaba profundamente mi mirada: el momento histórico que estábamos atravesando.
Recuerdo que me encontraba realmente impactado por lo que sucedía en el mundo. Veíamos la persecución de inmigrantes, episodios de violencia racial, el avance de discursos autoritarios y una creciente irracionalidad política y social. Todo eso me generaba una enorme inquietud.
Frente a ese panorama, muchas de las obras que leía me parecían insuficientes. No porque fueran malas obras, sino porque sentía que no alcanzaban a dialogar con la magnitud de lo que estábamos viviendo como sociedad.
No buscaba necesariamente una obra que reprodujera la realidad inmediata. El teatro no tiene por qué funcionar como una crónica periodística, pero sí necesitaba encontrar un texto que estuviera a la altura de las preguntas humanas, sociales y éticas que nos estaba planteando el presente.
La elección de una obra es siempre un acto profundamente personal. Uno tiene que enamorarse del material; debe sentir que allí está aquello que necesita decir y compartir con los espectadores.
Por eso, en un primer momento, ni siquiera pensaba en Arthur Miller. Y no porque no lo considere uno de los grandes dramaturgos del siglo XX: todo lo contrario. Miller ha sido un autor muy importante en mi recorrido teatral.
Actué en Todos eran mis hijos, interpreté al protagonista de Muerte de un viajante y dirigí El precio. Además, cuando llegué al teatro Galpón ya se representaba Las brujas de Salem. El año anterior, con motivo de un aniversario de Miller, volvieron a ponerse en escena varias de sus obras. Por eso me parecía un autor ya muy transitado para mí.
Sin embargo, mientras releía algunos de sus textos teóricos, encontré una reflexión que me conmovió profundamente.
Miller habla de la tragedia y del hombre común. En la tragedia clásica, los protagonistas suelen pertenecer a sectores privilegiados: reyes, príncipes, héroes o figuras de gran poder. Miller discute esa tradición y sostiene que la tragedia también puede habitar la vida de las personas comunes. Para él, un trabajador puede ser tan trágico como un rey.
Esa idea me llevó a revisar Panorama desde el puente. Y fue entonces cuando descubrí una obra distinta de la que había leído años atrás. Comencé a verla como una auténtica tragedia moderna. Miller introduce un narrador, Alfieri, cuya función recuerda claramente al coro de la tragedia griega. Desde el comienzo sabemos que estamos frente a un destino inevitable: la obra se abre con la conciencia de que algo terrible va a suceder. Los personajes avanzan hacia ese destino sin poder evitarlo.
Como ocurre en las grandes tragedias, las opciones que enfrentan son siempre dolorosas. No existen soluciones satisfactorias: deben elegir entre males distintos, entre pérdidas inevitables. El conflicto se vuelve insoluble. Eso es precisamente lo que hace que la tragedia siga conmoviendo después de tantos siglos.
—Esta obra de los muelles, como alguien la definió, retrata la inmigración italiana de los años cincuenta. El director Georges Lavaudant señala que el personaje principal, Eddie, “tiene solo un sueño: ser americano y no seguir siendo siciliano”. Hoy sigue habiendo emigración del hambre, seguramente la mayoritaria, pero también hay una emigración política, religiosa, y no es exactamente lo mismo. Por eso la obra nos permite una reflexión sobre los distintos tipos de emigración que estamos viendo ahora en Europa. Lo mismo podría decirse de Estados Unidos. ¿Cómo se expresa este tema en la obra y en tu versión?
—Lo que más me impactó de esta relectura fue el universo de los inmigrantes. Tradicionalmente suele considerarse ese aspecto como el simple contexto de la historia; sin embargo, para mí constituye uno de sus núcleos fundamentales.
Estamos ante una comunidad inmigrante italiana instalada en Nueva York, con sus códigos, sus lealtades y sus normas no escritas. Pero la obra trasciende completamente ese momento histórico. Cuando uno la lee hoy, encuentra allí la tragedia de todos los inmigrantes del mundo: la desesperación por encontrar trabajo, la necesidad de sostener a la familia, el miedo a la deportación, la vulnerabilidad frente al poder, la persecución y el desarraigo son temas que siguen presentes con enorme fuerza.
Sentí que la obra dialogaba directamente con la realidad contemporánea. La persecución de comunidades migrantes, particularmente de latinoamericanos en Estados Unidos, aparecía reflejada de manera sorprendente en un texto escrito décadas atrás. Pero la riqueza de la obra no termina allí: también aborda cuestiones relacionadas con el patriarcado y las relaciones de poder dentro de la familia.
Eddie Carbone representa una concepción del hombre como autoridad absoluta del hogar. No sólo se siente responsable de sostener económicamente a la familia, sino también con derecho a decidir sobre las vidas de quienes lo rodean.
Su vínculo con Catherine, la sobrina que ha criado desde pequeña, se vuelve cada vez más complejo a medida que ella crece y busca su independencia. Allí aparecen emociones contradictorias, deseos inconfesables y conflictos que el propio personaje es incapaz de comprender plenamente.
La tragedia surge precisamente porque los personajes no tienen conciencia completa de aquello que los impulsa. Miller construye seres humanos complejos, atravesados por fuerzas que no logran controlar.
Por otra parte, la obra presenta un extraordinario conflicto entre dos sistemas de leyes. Por un lado está la ley escrita, representada por Alfieri, abogado e intermediario entre la comunidad italiana y las instituciones estadounidenses. Por otro lado aparece la ley de la comunidad: una ley no escrita, basada en la lealtad, la solidaridad y el respeto a ciertos códigos compartidos. La tensión entre ambas estructuras atraviesa toda la obra.
Uno de los grandes temas es el de la delación. La comunidad considera imperdonable traicionar a uno de los suyos. En ese sentido, el texto dialoga también con el contexto político del macartismo que Arthur Miller conoció de primera mano.
La pregunta que atraviesa la obra es profundamente actual: ¿hasta dónde debemos obedecer la ley del Estado y hasta dónde debemos responder a los códigos éticos de nuestra comunidad? No existen respuestas simples. Esa complejidad moral es una de las razones por las cuales la obra sigue siendo tan poderosa.
—También hay una trama en ese microcosmos familiar vinculada al amor, el deseo, el honor y los celos.
—La situación está atravesada por el patriarcado, la fidelidad y la tensión entre una ley de la comunidad que debe ser inviolable y unas leyes escritas que muchas veces parecen estar diseñadas para proteger a determinados sectores. Hay conductas que la ley no contempla, y es allí donde emergen los conflictos más profundos de la obra.
—Respecto a la puesta en escena y los distintos aportes al espectáculo, ¿qué elementos destacarías?
—Desde el punto de vista escénico, el principal desafío fue encontrar una forma de representación que permitiera destacar todos los aspectos mencionados.
Durante mucho tiempo, Panorama desde el puente ha sido representada desde una estética marcadamente realista. Yo sentía la necesidad de explorar otro camino. Me interesaba trabajar desde el despojamiento, reducir los elementos escénicos al mínimo indispensable para que el centro estuviera puesto en los actores, en el cuerpo, en la palabra y en el espacio: el teatro en su forma más esencial.
Un espacio vacío, cuerpos presentes y una historia capaz de conmover. La intención es preservar y potenciar la dimensión trágica de la obra.
Por eso, el trabajo del narrador adquiere una importancia fundamental. Su presencia acompaña permanentemente el desarrollo de la acción y recuerda al espectador que está asistiendo a un acontecimiento inevitable.
También la iluminación, el espacio sonoro y el vestuario cumplen una función decisiva en la construcción de ese universo.
Quiero agradecer especialmente a Osvaldo Reyno por las conversaciones y sugerencias que enriquecieron el proceso creativo y el espacio escénico, y a Dante Alfonso, quien lo está realizando. Asimismo, el trabajo de Soledad Capurro en el vestuario ha sido fundamental. Su propuesta parte de referencias históricas reconocibles, pero busca construir una estética más atemporal, que evite una reconstrucción puramente documental de los años cincuenta.
La iluminación, diseñada por Eduardo Guerrero, ocupa un lugar central dentro de la puesta. Del mismo modo, el trabajo sonoro desarrollado por Sergio Fernández constituye un elemento esencial para articular los distintos lenguajes escénicos y crear la atmósfera de la obra con un mundo sonoro adecuado.
En cuanto al elenco, fue una enorme alegría convocar a Ariel Caldarelli para interpretar a Eddie Carbone. Lo acompañan Camila Durán como Catherine y Guadalupe Pimienta como Beatriz.
Los dos inmigrantes que llegan clandestinamente a la casa de los Carbone son interpretados por Sebastián Serantes y Rodrigo Tomé, representando a esos hombres que cruzan fronteras impulsados por la necesidad de sobrevivir y ayudar a sus familias.
Héctor Hernández encarna a Louis, compañero estibador de Eddie y representante de la comunidad obrera. Bernardo Trías interpreta a Alfieri, el abogado, figura central de la estructura dramática y verdadero puente entre la ley, la memoria y la tragedia.
Finalmente, espero que esta puesta permita descubrir una nueva lectura de Panorama desde el puente. No creo haber encontrado una interpretación inédita de la obra; sería una pretensión excesiva. Muchos directores y creadoras han transitado caminos semejantes. Pero sí siento que esta versión dialoga profundamente con nuestro presente.
—¿Algún diálogo o situación que refleje los conflictos presentes en la obra?
—En un momento se dice: “Se ha hecho justicia en manos de hombres muy injustos, ahí donde la ley no existe”. Es una reflexión del abogado que representa al coro en esta obra.
—¿Algo más que quieras agregar?
—Mi deseo es que el espectador no permanezca como un observador distante, sino que participe emocional e intelectualmente de los conflictos que atraviesan a los personajes.
Como sucedía hace más de dos mil años en los teatros griegos, me gustaría que cada espectador pudiera confrontarse con esas preguntas, emitir su propio juicio y extraer sus propias conclusiones.
Porque la tragedia sigue viva precisamente por eso: porque continúa hablándonos de nosotros mismos.