ENTREVISTA
Santiago Sanguinetti:
“Ahora quise pensar qué pasaría si escribiéramos un musical sobre política contemporánea… Es el pensamiento mágico que surge para darle sentido a la vida en tiempos de crisis”
Santiago Sanguinetti (1985), en paralelo a su egreso de la formación teatral en la EMAD, cursó el profesorado de Literatura, llegando luego a ser designado como director de la propia institución. Sin embargo, su impronta más singular y profunda en la escena nacional la viene dejando como dramaturgo, con textos que él mismo dirige, en los que alterna una visión lúdica e irónica con toques absurdos, atravesados por una sólida dimensión de filosofía política. En ellos se manifiesta la perplejidad ante el caos del mundo contemporáneo, a la vez que se propone una lectura escénica con elementos racionales, orientada a comprender y advertir sobre esa realidad, y quizá transformarla o, al menos, cuestionarla.
Luis Vidal Giorgi
—En tus obras has tomado elementos difundidos en la cultura de masas, como los zombis, los dinosaurios o el mundo del fútbol, y otros más complejos, como el gato de Schrödinger en la física, para presentarlos en una visión irónica y absurda, en puestas vertiginosas de gran impacto visual. En esta obra, ¿por qué elegir a los terraplanistas y cómo se inserta en el conjunto de tu producción artística?
—A contenidos serios, formas raras. Raras, al menos, para esos contenidos. Es una forma de captar la atención y conmover el sentido, tanto racional como afectivamente: un procedimiento conceptual materializado estéticamente. Así, escribo historias sobre estudiantes de filosofía con intenciones terroristas; cascos azules de la ONU que estudian a Hegel en Haití; futbolistas en universos paralelos debatiendo sobre física cuántica; robots disfrazados de Mijaíl Bakunin que secuestran a directores ejecutivos de IBM; empresarios en trajes inflables de dinosaurios; y exmilitares zombis que recitan el Manifiesto comunista.
Ahora quise pensar qué pasaría si escribiéramos un musical sobre política contemporánea. Siguiendo el espíritu de The Rocky Horror Show (Richard O’Brien) o de The Book of Mormon (Trey Parker, Robert Lopez, Matt Stone), esta nueva obra, Terraplanistas, un musical político sobre teorías de la conspiración y otras prácticas anticientíficas, busca responder a esa pregunta.
El terraplanismo es una de las llamadas “teorías de la conspiración”, ese pensamiento mágico que suele conducir al extremismo a individuos alienados en un sistema que deshumaniza, despersonaliza y aísla. Mi intención, al tratar este tema, es abordar su lado peligroso y, al mismo tiempo, apreciar su costado patético, sufriente, e intentar entender cuán aislado debe sentirse alguien para hallar pertenencia en un grupo así. Poner en escena la ridiculez, reconociendo, al mismo tiempo, que esa ridiculez es consecuencia de la acción despersonalizadora de un capitalismo global que separa, compartimenta y arroja al abismo. ¿El surgimiento de creencias como el terraplanismo no es, en este sentido, resultado de una actitud que también nos pertenece? ¿Qué hacemos para evitar que suceda? ¿Nos limitamos a señalar o trabajamos para integrar?
—¿Hay un cuestionamiento o una reflexión irónica sobre la negación de la razón (o, al menos, de los datos de la realidad) en los acontecimientos que ocurren y en cómo los interpretamos a través de los medios y las redes?
—Las redes sociales ofrecen un mercado hiperlibre de información que no está categorizada de forma objetiva. En esos espacios, vale lo mismo un artículo académico que la opinión de un influencer que afirma que la ONU está controlada por reptilianos del espacio exterior. Las redes sociales contribuyen a la aparición de las teorías de la conspiración en tanto fomentan el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a encontrarse con la información que “confirma” lo que ya se sospechaba: una reafirmación de la propia paranoia que potencia un pensamiento polarizado, carente de perspectivas alternas.
El surgimiento de este tipo de “racionalidad heterodoxa”, particularmente en las clases medias en decadencia, tendría, para algunos académicos, una explicación económica. Los individuos dejados al margen de la vida productiva perciben un deterioro económico real, pero, en lugar de analizar sus causas históricas y materiales, buscan explicaciones mágicas, inmediatas y totales. En lugar de pensar políticamente en las consecuencias de la economía de mercado o en la retracción del Estado; en lugar de preguntarse por el vaciamiento de lo público; en lugar de reflexionar sobre la ausencia de relatos colectivos y el auge de las narrativas de éxito individual, interpretan su crisis de clase como una conspiración dirigida por una organización secreta con poder. “Quien es arrojado al lado oscuro se junta con otros que ya están allí; esa es la forma en la que un fascista hace amigos”, dice uno de los personajes de la obra. Es el pensamiento mágico que surge para darle sentido a la vida en tiempos de crisis.
—¿Qué nos podés adelantar del argumento de la obra para convocar a los espectadores de hoy?
—El argumento es sencillo (más o menos). Un grupo de terraplanistas zarpa desde Ciudad del Cabo con destino a la Antártida para demostrar que la Tierra tiene forma de tortita y que el continente blanco es un muro de hielo que rodea el planeta. Tras un mes de travesía por el Atlántico austral, llegan a las islas Shetland del Sur y toman como rehenes a los investigadores de la base científica española Juan Carlos I para obtener de ellos las pruebas definitivas de su teoría. Y todo esto, cantando. ¿Qué tan lejos podemos llegar para demostrar algo absurdo? ¿Qué sucede si nuestra identidad se basa en un error de cálculo?
Fanáticos de extrema derecha, antivacunas, creacionistas y miembros de QAnon, entre otros, han normalizado el hecho de ignorar a la ciencia. El auge de las teorías conspirativas va de la mano con la erosión de las garantías democráticas. La creciente irracionalidad fomenta el analfabetismo político, mina la democracia y fortalece el autoritarismo, la intolerancia religiosa, el negacionismo climático y el totalitarismo. Entre estos movimientos anticientíficos aparece uno particular: la Sociedad de la Tierra Plana. Cómica y aterradora a la vez, esta sociedad sirve de base para contar una historia radical sobre una época polarizada.
Según distintos medios de prensa, la intención de viajar a la Antártida para comprobar sus sospechas es una anécdota real, manifestada en diversas ocasiones por distintos grupos terraplanistas.
—En esta puesta, además, has sumado como atractivo elementos musicales, al punto de que se define como un musical político. ¿Cómo se expresa esa integración?
—La música de las doce canciones del espectáculo fue compuesta por Sebastián Codoni. Ambos habíamos trabajado juntos en 2011 en Pogled, de Iván Solarich. Sebastián, además, es el guitarrista de la banda en vivo, integrada también por Virginia Álvarez (bajo) y Pablo Schol (batería).
A su vez, Belén Insausti fue la responsable de la dirección coral y del entrenamiento vocal del elenco, integrado por Pierino Zorzini, Claudio Lachowicz, Camila Cayota, Rodrigo Tomé y Soledad Lacassy.
A este universo sonoro se suma Sebastián Acosta como director de audio y responsable del sonido incidental.
La inspiración musical estuvo en el glam rock de los 70, excéntrico y teatral, pero como si fuera cantado por un terraplanista.
—La política ha sufrido un desgaste o un descreimiento en su capacidad de transformar la sociedad, aunque sigue siendo el medio para mejorarla. ¿Cómo ves el testimonio del arte para hacer evolucionar “el estado de las cosas” y el de tus obras en particular?
—Intento proponer un teatro ideológicamente comprometido, políticamente dimensionado, que al mismo tiempo conserve una perspectiva lúdica propia del juego teatral, entendiendo el texto como una posibilidad de exploración histriónica para actores y actrices. Es decir, aprovechar la doble dimensión del teatro: en su relación con el mundo real, pero también en su relación consigo mismo y con su propia tradición. Un teatro que sea, a la vez, generador de cosquillas mentales y de emoción estética.
Recuerdo las palabras de Paul Auster al recibir el Premio Príncipe de Asturias en 2006: “¿Qué sentido tiene el arte en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. (…) El valor del arte reside en su misma inutilidad; la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos”. Los relatos, las historias, nos enfrentan a los horrores del mundo en un ámbito de perfecta seguridad. Y seguimos precisando, aunque seamos adultos, que nos cuenten historias para seguir imaginando otro mundo posible, otros mundos posibles.
—¿Alguna situación o diálogo de la obra que nos ilustre sus temas y estilo?
—“FELIPE: Por eso no hay que ‘corregir’ a un paranoico sino ayudarlo, llevándolo de la mano como quien ayuda a un amigo a salir de una relación tóxica. Ustedes no están locos, solo tienen miedo, como lo tenemos todos los demás que somos normales. Y yo estoy acá para derribar este muro de autoconfirmación que nos separa, para depositar mi fe en ustedes y para darles un abrazo con todo este calor cognitivo que tengo adentro. ¡Vengan! ¡Yo estoy acá! ¿Qué dicen?
EDDIE: Acompañanos a cubierta, Felipe.
FELIPE: Y entonces me agarraron entre los tres y me tiraron por la borda. Por suerte para mí, se arrepintieron rápido y me alcanzaron el chaleco salvavidas. No sin antes prometer que me iba a abstener de hablar sociológicamente en lo que quedara del viaje. Lo que fue una lástima porque es muy sexy pensar políticamente. Pero entre estar vivo y hacer sociología, prefiero la vida. Ya va a haber tiempo para los artículos académicos.”