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Entrevista central: Margarita Musto

Entrevista central: Margarita Musto

Personas, lugares y cosas,

de Duncan Macmillan

MARGARITA MUSTO:

“¿Qué es lo que brindan las drogas a cambio de un brevísimo tiempo de placer, de plenitud y que lleva a pagar costos tan altos de malestar, soledad, desconexión?”

Margarita Musto (1955), con una extensa y destacada trayectoria en nuestro medio teatral, dirige al elenco de El Galpón en una obra del dramaturgo inglés Duncan Macmillan, que ha tenido repercusión en varios escenarios del mundo y aborda una temática de dramática vigencia. Conversamos con ella sobre esta puesta, donde se refleja la profundidad conceptual con que encara la creación escénica y su impacto en los espectadores.

–Además de tu intensa actividad como actriz y directora, has realizado numerosas traducciones de obras teatrales del francés y del inglés, incluida esta. La traducción siempre es un desafío: en la poesía, por ejemplo, que privilegia la síntesis, se trata de encontrar la palabra justa que mantenga el mismo significado, la imagen evocada o la metáfora escondida. ¿Cómo ha sido tu experiencia, en general y en esta obra en particular, para conservar la dinámica de los diálogos, las características psicológicas del habla de cada personaje u otros elementos propios del teatro?

–Me gusta mucho traducir los textos con los que trabajo, porque me ayuda como actriz y como directora. Se me aclara la estructura interna de la obra, el avance de las escenas y qué emociones mueven a los personajes. No es fácil, porque hay una forma de hablar del autor que siempre hay que saber captar y esforzarse para que se vea reflejada en tu idioma. Cada texto tiene dificultades específicas. En los contemporáneos, la dificultad es no traerlos “al barrio”: que suenen como hablamos hoy, pero sin pasarnos con expresiones que los hagan de acá, porque sería una mentira. Nunca traduje poesía; debe ser de una dificultad enorme. Pero una vez leí una traducción al inglés de poemas de Lorca que me asombró. ¡Era Lorca! Genial esa traducción.

–En esta obra se aborda el tema de las adicciones y también la lucha por superarlas y mantener una identidad. El autor señala que “surgió en parte de la frustración con la forma en que se suele representar la adicción en el teatro y la pantalla”. ¿Cómo se presenta esta historia y este conflicto en la obra?

–Personas, lugares y cosas nos cuenta, de una manera original, intensa y con profunda empatía, el camino que recorre Emma —actriz, adicta y alcohólica— hacia su recuperación. El centro de la obra es justamente ese: el sinuoso camino de la recuperación.

Luego de una experiencia catastrófica en el teatro, Emma ingresa a una clínica de rehabilitación donde aparece un desfile de personajes que, desde su rol en la clínica, combaten con todas sus fuerzas a un enemigo potente y difícil de derrotar. ¿Qué tienen las drogas que hace tan difícil vivir sin ellas una vez que experimentamos sus efectos? ¿Qué brindan a cambio de un brevísimo tiempo de placer y plenitud que luego obliga a pagar costos tan altos en malestar, soledad y desconexión?

El autor nos acerca a comprender los conflictos individuales que subyacen en esta problemática, nos mueve del lugar del espanto defensivo, del prejuicio y de la distancia que intentamos mantener, aunque sabemos que en la mayoría de las familias se viven dramáticamente este tipo de situaciones.

–¿Qué otros elementos de temática y forma presentes en la obra te parecen relevantes?

–Somos conscientes de que tenemos entre manos una obra enérgica y movilizadora, que nos enfrenta a uno de los temas que más nos afectan como sociedad: una de las mayores tragedias actuales, sobre la cual entendemos poco y abordamos mal. “Si no pasaste por esto, ¿cómo lo vas a entender?”, dice un personaje en su intercambio con el grupo. Pensamos que esta obra nos ayuda justamente a comprender, abre nuestra sensibilidad y empatía, y nos aleja de la estigmatización que separa.

Seguimos a Emma atravesando cada etapa mientras somos testigos del compromiso de doctoras, terapeutas, acompañantes voluntarios, enfermeras, adictos y adictas, todos dedicados a crear un espacio donde palabras como “honestidad”, “enfrentar la verdad”, “no juzgar” y “brindar apoyo emocional” suenan permanentemente. Son palabras que, a su vez, ponen en evidencia carencias de nuestra forma de vida actual.

Estamos hablando de un mundo competitivo, sin afectos, sin amor y con miedo al amor. Aunque vivimos permanentemente conectados, padecemos una desconexión profunda en nuestras relaciones y con nosotros mismos. La sobrevaloración de la imagen y la apariencia, el bombardeo publicitario y la propaganda tienen un costo altísimo en la salud emocional y afectan radicalmente nuestra convivencia. Creo que todos estamos ahí.

–¿Podrías compartir algunos diálogos o situaciones significativas de la obra que la ilustren para los posibles espectadores?

–La tarea de mirar el teléfono es como batallar con un mamut: la cantidad de mensajes, las alertas, las opiniones sobre todo. Fotos de niños muertos al lado de avisos de cremas para el cutis. Es un ejercicio ético hacer de cuenta de que todo eso es normal.

Otra, entre varias significativas, es esta: “Hay gente que vive en zonas de guerra. Hay gente que muere por falta de agua. No somos nosotros los defectuosos: es este mundo en el que vivimos el que es una mierda. Entonces, ¿no les parece que debemos disfrutar a fondo, nosotros los que podemos, por todos los que no pueden? Gritar, por toda esa gente que no puede nada: ‘¡A la mierda todo, vamos a emborracharnos!’”.

–¿La obra también plantea la necesidad de enfrentar nuestros propios demonios o, como señalaba Jung, nuestra sombra?

– Uno de los puntos centrales de la recuperación es enfrentarse a uno mismo con honestidad. Para eso se requiere estar dispuesto a afrontar los demonios que nos habitan, a sacarse la máscara y dejar atrás las mentiras que hemos tenido que construir. Es una labor que exige mucho coraje, porque tener el valor de enfrentarse a la persona que en realidad somos, con todos nuestros aspectos sombríos bien ocultados, es doloroso para cualquiera. Creo que es una de las tareas más difíciles que cualquiera de nosotros puede afrontar. Todos y todas flaqueamos y nos inventamos excusas para no ver nuestros propios demonios. Por eso resulta admirable cuando alguien logra alejarse de ese infierno, de la adicción.

–¿Algo más que quieras agregar sobre el autor o la puesta en escena?

–Para zambullirnos en esta obra fue necesario investigar. Algunas charlas resultaron esclarecedoras. Milton Romani, psicólogo y ex secretario de la Junta Nacional de Drogas, nos acercó gran cantidad de materiales que se convirtieron en aportes imprescindibles. También tuvimos la oportunidad de conversar con personas que pasaron por momentos como los que se describen en la obra. Fueron encuentros conmovedores. Junto a su terapeuta, trabajan permanentemente consigo mismos con honestidad: se conocen y procuran no mentirse. Fue un gesto muy generoso acceder a conversar con nosotros.
Otro encuentro muy rico fue con un exadicto muy joven, que, entre otras cosas, hizo un fuerte cuestionamiento a la forma de encarar los tratamientos, tal como lo hace Emma en la obra.

Quiero destacar el gran trabajo que están realizando los actores, tanto desde el punto de vista técnico como en su compromiso sensible hacia el tema. Somos plenamente conscientes de la responsabilidad que nos toca al poner en escena estos conflictos.

Esta obra también resulta desafiante para los diseñadores. Por suerte, estoy especialmente bien respaldada en esta área.

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