LEONEL SCHMIDT: “El autor consigue que lo político y lo íntimo estén profundamente ligados: los conflictos familiares no son solo privados, sino espejo de una sociedad que no ha terminado de resolver sus fracturas”
Leonel Schmidt (1990), brasileño radicado en Uruguay, viene desarrollando como director una carrera signada por textos de autores contemporáneos, como el croata Ivo Martinic (1984) o el inglés Mark Haddon (1962). Ahora nos acerca al australiano Andrew Bovell (1962), cuyas obras ya han sido estrenadas con buen suceso en el circuito montevideano.
–Dirigís nuevamente al elenco del Circular, en este caso con algunos invitados, como la actriz de trayectoria Susana Groisman. ¿Propusiste tú la obra y cómo llegaste a entusiasmarte con ella?
–Sí, es nuevamente la aventura de dirigir a uno de los elencos más importantes del país, dentro de una de las instituciones teatrales más emblemáticas, junto con la Comedia Nacional y El Galpón. Es una gran oportunidad poder estrenar otra vez en el Teatro Circular. En este caso, el teatro propuso invitar actores y actrices para completar el elenco, porque es la primera vez que esta obra se hace con ocho intérpretes. La versión original española y la australiana, que se estrenó este año, se realizaron con cuatro actores que doblaban personajes. Mi propuesta fue distinta: darle a cada uno de los ocho personajes su propio intérprete.
Por otro lado, estaba el interés compartido de volver a trabajar con el Circular. Me invitaron a presentar propuestas y, entre varias obras que consideré, la que más entusiasmo generó fue Canción del primer deseo. Creo que también influyó el gran impacto que Andrew Bovell ha tenido en Uruguay con los éxitos de Cuando deje de llover y Las cosas que sé que son verdad. En lo personal, estoy muy entusiasmado con este autor porque me atrae su manera de narrar y de entrelazar generaciones.
–El autor australiano ubica la historia en España y aborda algo presente en muchas sociedades que han atravesado acontecimientos dramáticos: según sus palabras, “el impacto del pasado que no ha sido resuelto… fracturas de familias y secretos por descubrir”. Eso constituye una materia prima afín al teatro. ¿Cómo se expresa esto en la obra?
–La obra de Bovell aborda las heridas del pasado a través de una familia que carga con silencios y traumas históricos que atraviesan varias generaciones. La memoria del franquismo se filtra en la intimidad familiar y, mientras los personajes intentan reconstruir sus vínculos, también se enfrentan a secretos y contradicciones de un país que aún convive con su pasado. Bovell logra que lo político y lo íntimo estén profundamente entrelazados: los conflictos familiares no son solo privados, sino el reflejo de una sociedad que no ha terminado de resolver sus fracturas.
Además, en esta obra Bovell trabaja con las líneas temporales como recurso central. Presenta un juego claro de dos tiempos: el pasado, centrado en un momento específico de la familia, y el presente, cuyos personajes desconocen la existencia y las decisiones de sus antecesores. Este desconocimiento los mantiene atrapados en una visión limitada y egoísta de sus conflictos: no pueden comprender ni corregir lo que proviene del pasado, y sus acciones están cegadas por la ignorancia de ese origen.
Por su parte, el pasado se desarrolla sin perspectiva de futuro, concentrado en lo inmediato, reflejando las imposibilidades y cegueras propias de contextos donde las libertades están coartadas. La dictadura, al intentar imponer un relato único desde la violencia, también determina esta tensión entre pasado y presente, evidenciando cómo las estructuras políticas condicionan la vida íntima y familiar.
–También hay un conflicto cultural, no solo entre el pasado y el presente, entre generaciones, sino también entre dos identidades al incorporar como personaje a un inmigrante.
–Sí, la obra también presenta un conflicto cultural a través del personaje inmigrante, que funciona en varias capas. Por un lado, la inmigración suele percibirse como una búsqueda de solución: huir de guerras, de regímenes, de crisis económicas y llegar a un lugar donde se espera estar mejor. En la obra, este inmigrante llega a un territorio que, en muchos aspectos, no cumple con esas expectativas, mostrando cómo la realidad puede desbordar la promesa.
Además, la inmigración se integra al relato familiar como un bucle constante, en paralelo con la reiteración de la historia y sus secretos: la llegada del inmigrante en el presente —un uruguayo que llega a España en 2025— actúa como elemento externo que moviliza y confronta los cimientos de la familia, sacando a la superficie tensiones ya latentes. Esta dinámica refleja cómo, muchas veces, los inmigrantes son percibidos como chivos expiatorios, señalados como responsables de conflictos o tensiones sociales, y cómo la percepción del “otro” activa miedos y resistencias profundas.
En ese sentido, el inmigrante en la obra es la gota que derrama el vaso: sin que los miembros de la familia puedan advertirlo, su presencia expone y acelera conflictos preexistentes, funcionando como catalizador de cambios y confrontaciones, y revelando cómo lo cultural y lo histórico se entrelazan con lo íntimo.
–El tema de la memoria y el recuerdo, por lo tanto, está presente. ¿Desde el teatro podemos lograr que ese recuerdo, aun el amargo, vuelva envuelto en belleza o, por lo menos, despierte la emoción estética en el espectador?
–En la obra, el tema de la memoria y el recuerdo está siempre presente, incluso cuando se trata de recuerdos amargos o traumáticos. Desde el teatro, estos recuerdos pueden presentarse de manera que despierten emoción estética en el espectador, entendida en un sentido filosófico amplio: la experiencia estética no se limita a lo bello, sino a todo aquello que, al ser percibido, provoca reflexión, emoción o conciencia, ya sea la muerte de una persona, un acto de violencia o la simple rutina de la vida cotidiana de un ser humano o animal.
Bovell logra esto al mostrar cómo los secretos y heridas del pasado afectan a los personajes del presente. Desde mi labor como director, mi tarea es construir la puesta en escena que permita contemplar y sentir esas memorias, incluso las dolorosas, desde una perspectiva que las haga significativas y conmovedoras. La belleza escénica no reside en el contenido en sí, sino en cómo se representa: la disposición de los cuerpos, el ritmo de los diálogos, la iluminación, la música, los silencios o el uso del espacio escénico. Así, el espectador vive una experiencia estética capaz de involucrar emociones y pensamiento, incluso cuando lo que se ve es amargo, violento o cotidiano.
–¿Alguna frase o diálogo sugerente de la obra para ilustrar su atmósfera y contenido?
–Son dos: “Estoy cansado de esta oscuridad, quiero salir a la luz y ser visto” y “Les llenaron la boca de tierra, aunque la victoria ya era de ustedes”.
“La obra es ‘muy uruguaya’ en cuanto a situaciones, estereotipos, costumbres, perfiles, pero con la universalidad de temas que son meramente humanos, más allá de las culturas”