Alfredo Goldstein:
“La oposición entre el desear y el querer, o entre el desear y el deber, la lucha entre las mentiras y la verdad, entre la realidad externa y la ficción escénica, potencian este duelo actoral”

Alfredo Goldstein (1958), prolífico director que ha desarrollado una actividad constante en los escenarios nacionales —especialmente con autores contemporáneos—, ha ejercido también la docencia en literatura y la crítica teatral en diversos medios. Entrevistarlo permite, así, ahondar en las obras y su contexto, como es el caso de esta pieza del autor sueco Per Olov Enquist (1934-2020), que estrena el Teatro Circular.
Luis Vidal Giorgi
—Esta obra tiene como personaje central al dramaturgo sueco August Strindberg (1849-1912) y su existencia atormentada, por lo que se aúna ficción teatral y realidad, como el propio autor lo hacía. Por otro lado, Strindberg es un creador relevante y singular, a caballo entre dos siglos. Como profesor de literatura, ¿podés introducir a los lectores en los aspectos fundamentales de su obra?
—El teatro escandinavo ha sido muy poco conocido por estos lares. Si exceptuamos a Ibsen o a Strindberg, los demás nombres no han trascendido las fronteras europeas o han asomado esporádicamente en alguna cartelera cercana. En los últimos tiempos, la figura de Lars Norén en Suecia ha revitalizado ese conocimiento global; algunas adaptaciones teatrales de Ingmar Bergman también lo han hecho. Y en el caso noruego —el Nobel siempre es muy marketinero—, Jon Fosse ha sido para muchos un descubrimiento, aunque pienso que su premio fue pensado más para su narrativa que para su dramaturgia, que, sin embargo, es de primer nivel. Fosse ha sido estrenado en estas latitudes y sorprende por su particular estilo: ascético, algo distante, sintético en sus palabras y tendiente a elaborar climas atrapantes.
Per Olov Enquist es otro desconocido, aunque se lo considera uno de los grandes autores suecos de las últimas décadas. Fallecido en 2020, La noche, originalmente La noche de las tribadas —término más que culto para referirse al lesbianismo—, es una presencia en todo el mundo, a cargo de elencos de primer nivel. Acá se dio con otro nombre hace décadas, justo también en el Circular.
En lo que toca a Strindberg, lo analiza espléndidamente Robert Brustein en su libro La rebelión en el teatro. Dramaturgo que se nutre de esa rebelión para anclar en distintos movimientos, desde los epígonos del Romanticismo hasta el Simbolismo y algún atisbo de Expresionismo. Su obra central se afinca en el Naturalismo, caso de La señorita Julia o La más fuerte, muy presente en La noche. Strindberg convivió con André Antoine, que desde el Teatro Libre de París se embanderó con el Naturalismo, al igual que Émile Zola, que lo analizó tanto en la dramaturgia como en la narrativa. La búsqueda fotográfica de la realidad, la relación entre la literatura y la ciencia, la visión sin salida de la mayoría de sus personajes, los límites entre la locura y la cordura y las marginalidades sociales y mentales son parte de su creación. Muchos coinciden en que es quien inaugura la —en estos momentos de moda— autoficción en el teatro, convirtiéndose a sí mismo y a su entorno más cercano en los principales inspiradores directos de sus piezas. Un personaje de La noche, Siri, la primera mujer de Strindberg, señala: “Creí que siempre te ganabas la vida juntando toda la mierda privada sobre nosotros para publicarla”.
Strindberg, además de un dramaturgo rebelde y revolucionario, fue un gran narrador y un polémico reflejo de lo que se discutía a fines del siglo XIX, en particular sobre el rol de la mujer, la defensa de sus derechos y la deseada emancipación. En eso, encendió odios y amores —a veces más odios que amores—. Pero, en lo estrictamente teatral, es de una capacidad de creación de personajes admirable: maneja un diálogo de cuchillos afilados, construye climas que se adensan y se descomprimen con una facilidad asombrosa y, a la vez, es dueño de un humor no siempre comprendido, pero constante y lleno de disparos a los corazones y a los intelectos de los demás.
—La obra se enmarca en las turbulencias de un matrimonio que se separa y propone una disección de la sexualidad y de las heridas íntimas en los límites del amor. ¿Cuáles son y de qué forma aparecen estos y otros temas en la obra?
—La situación, como vos planteás, es la de una separación, la de un divorcio que llevó varios años: el de Strindberg y su primera esposa, la actriz Siri von Essen, luego de que ella se enamorara perdidamente de una joven llamada Marie Caroline David, de origen danés. Pero la obra de Enquist, en nuestra versión, parte del presente para ir y venir hacia el pasado. Parte de un director teatral que debe montar La noche y que, en medio de su preparación, decide imaginar qué pudo haber pasado en un ensayo final de La más fuerte, en un teatro semiabandonado de Copenhague, en 1889.
Meterse en la piel del propio August no es tarea fácil, pero a la vez es fascinante poder sentir el latido de aquellos que quizás lo acompañaron en esa noche especial, que remite a otra noche que es leitmotiv en la pieza. Por supuesto, ese cuadro encierra una visión casi —o sin casi— infernal de las relaciones afectivas y una guerra de los sexos que parece no tener fin. La oposición entre el desear y el querer, o entre el desear y el deber; la lucha entre la mentira y la verdad; entre la realidad externa y la ficción escénica, potencian este duelo actoral donde no queda títere con cabeza, donde el lenguaje parece no tener límites, donde la agresión mutua es un ejercicio sin respiro, donde la risa se mezcla con el llanto.
Fuera del triángulo central, un cuarto personaje oficia de testigo inesperado de esa realidad teatral: un actor que quiere ser una figura notoria, pero que va recibiendo los estoques de un universo que no suena tan color de rosa como asoma desde afuera.
—¿Señalarías algunos diálogos o situaciones significativas de la obra?
—Procuramos, en la versión, acercar el lenguaje a nosotros, hacer verosímil todo lo posible (¿qué otra cosa busca el teatro siempre, ¿no?), pero también reforzar esa técnica de cajas chinas que posee el original. Esos límites difusos entre los niveles de ficción ayudan a poner en relieve distintos momentos, con sorpresas permanentes, porque la obra va variando de climas y de revelaciones que no ofrecen ninguna tregua. Desde la eterna búsqueda de reconquista de August a su ex, o casi esposa, hasta la atracción ambigua que genera en la amante de su mujer. Desde la fuerte posición de Strindberg sobre el alma femenina: “Creo que hay en la mujer una naturaleza criminal… Las mujeres no tienen lógica… Los monos, los delincuentes y las mujeres se mueven por instinto…”, hasta la excusa de que todo sirve para hacer literatura y que, en el fondo, es un honor para sus personajes cercanos formar parte de la “historia de la literatura”.
—Volvés a dirigir a Jorge Bolani, uno de nuestros actores de larga y destacada trayectoria, tanto en el Circular como en la Comedia Nacional. Se han encontrado en el escenario en varias oportunidades —¿cómo ha sido esa relación artística y qué destacarías en especial de Bolani como actor?
—He tenido la fortuna, el placer y la gloria de reencontrarme con Jorge varias veces en el escenario o debajo de él. Desde La Navidad de Harry, de Berkoff, pasando por Novecento, de Baricco; La secreta obscenidad de cada día, de De la Parra; hasta Barrymore, de Luce, y ahora La noche. La propuesta me llegó del Teatro Circular. Inicialmente, la iba a comandar otro director y, cuando la analicé, me produjo tantas inseguridades como atractivos. Es una obra difícil, de difícil traslación al público, y, sobre todo, estaba el desafío de plasmar mi visión sobre Strindberg a través de Enquist, después de haber visto, hace muchos años, a Bibi Andersson en El Galpón, con una admirable versión de Acreedores.
Bolani no solo es un enorme actor, sino también un delicioso compañero de trabajo, con el que podemos discutir, polemizar, tener visiones diferentes, pero que es enormemente reflexivo y estudioso, en una búsqueda constante de justificaciones para sus personajes, sin dejar nada sin cuestionar, para obtener un retrato certero y seguro, más allá de los resultados. Un actor disciplinado, que se obsesiona con todo lo que se propone y con una experiencia que le permite adueñarse del escenario como pocos. Y un humor casi inglés que lo hace aún más singular.En este caso, además, está acompañado por un terceto de alto nivel: Denisse Daragnès, Ignacio Estévez y Micaela Larroca. Con Micaela nunca había trabajado, pero viene siendo un placer descubrirla. Ojalá ella piense lo mismo; igual que los demás actores. Los directores, como los actores, somos muy especiales, lo sabés… criaturas complicadas, a veces.
—Karl Jaspers, el filósofo alemán, tiene un libro sobre la relación entre locura y creación artística, donde justamente analiza los casos de Strindberg y Van Gogh. Allí sostiene —en contra de la visión romántica que afirma que la locura habilita la creación— que, por el contrario, el arte, en tanto comunicación, rompe con el muro de la enfermedad que aprisiona al sujeto y, de alguna manera, lo salva, al menos por un tiempo. ¿Qué te parece esta postura sobre la relación entre locura y creación?
—Leí a Jaspers, entre tanto material que además compartí con el elenco. Él analiza también a Van Gogh y a Swedenborg en su libro Genio y locura. Aunque Jaspers es bastante crítico con Strindberg, tiende más bien a condenarlo, a asociarlo a una posible esquizofrenia, que fue lo menos que se dijo de él. Parte mucho de Autodefensa, un texto de Strindberg donde, en forma solapada o no tanto, da cuenta de la prehistoria de La noche, del nacimiento de la relación entre August y Siri, cuando ella estaba casada con un barón. Minuciosamente, Strindberg va pautando ese vínculo tortuoso, pero vamos descubriendo también los dobleces de Siri y sus devaneos sexuales.
Se permite allí criticar oblicuamente a Ibsen y envidiar el éxito de Casa de muñecas, al tiempo de quejarse por la acusación de misógino que recayó sobre él. Creo que la relación entre la creación y la locura es vieja como el tiempo, pero, sobre todo, la instalaron el Romanticismo y, más cerca, el Surrealismo.
Desde Nietzsche hasta Breton y Artaud, por nombrar a algunos, la libertad de los denominados “locos” estuvo también unida al poder de la creación. Había una canción de Luis Eduardo Aute que se llamaba La locura que todo lo cura. Vaya uno a saber, ¿no?