“Estamos en la segunda reapertura, donde la gente nos ha apoyado y nos manifiesta que extrañaba el Teatro Victoria”
El Teatro Victoria, inaugurado en 1902 por la comunidad inglesa —de ahí su denominación, en homenaje a la reina—, es un edificio patrimonial que estuvo abandonado durante años, hasta que fue rescatado en 1998 por el grupo de teatro independiente que lo ocupa en la actualidad y por el Banco de Seguros, su propietario. Ahora, luego de varias refacciones, tuvo una segunda reapertura, con una nueva versión de El herrero y la muerte y con el bautizo de la sala con el nombre de Jorge Curi (1931-2019), uno de sus impulsores.
Luis Vidal Giorgi
—Esta es una segunda reapertura del Teatro Victoria desde que están ustedes como grupo teatral independiente gestionando la sala. Creo que es de interés recordar para nuestros lectores cómo ha sido este proceso, desde el momento en que el teatro estaba abandonado, con un importante deterioro, hasta que ustedes, junto al Banco de Seguros del Estado, lo reabrieron.
—Es increíble pensar que ya pasaron 30 años. Un día cualquiera de semana, Ismael da Fonseca pasó por la calle Río Negro, en la cuadra del Teatro Victoria, y le dio por mirar qué había adentro. Entonces se encontró con que estaban limpiando basura acumulada; era un lugar habitado por indigentes, que tenía muy disgustado a todo el barrio. La gente cruzaba por enfrente, pues no quería pasar: había agua estancada, mal olor, era muy desagradable. Esa era, en ese momento, la triste historia del teatro. Vivía mucha gente ahí y, además, con animales. El techo ya estaba todo roto. Se veía la luz del sol ese día, o sea que caía la lluvia y entonces Ismael se fue con esa idea en la cabeza de lo que vio e inmediatamente llamó a Curi, le contó la situación y le propuso ir al Banco de Seguros y rescatar la sala. Ese fue el golpe inicial que terminó en esto que es hoy: un teatro salvado.
Curi me llamó a mí por teléfono y me dijo de ir a hablar con alguien que, en ese momento, era el presidente del banco, una persona muy amable y muy abierta a escuchar y, esencialmente, muy teatrero: el doctor Carlos Cassina. Eso fue mágico, pues nos podríamos haber encontrado con otro director a quien no le interesara el tema. Y acordó hacer un rescate del teatro.
Y ese año, 1996, nos empezamos a juntar varios teatreros. Yo justo me había ido del Circular, entonces me vino ideal para empezar algo nuevo, y estoy hasta hoy. Estaba en ese momento Walter Rey y otras personas que no eran actores y colaboraron todo lo que pudieron, como Marta Bongiovanni, una gran compañera, también Osvaldo Reyno, la esposa de Ismael, que es abogada, con la cual empezamos todos los trámites. Conformamos una Asociación Civil y acordamos con el Banco que íbamos a estar en comodato por 30 años. Seguía siendo el propietario y se encargaba del edificio, y nosotros, del funcionamiento en la parte artística y de los funcionarios.
Maravillosa la visión del doctor Cassina. Y nosotros fuimos haciendo de todo para conseguir dinero, ponerle las butacas, la consola y las luces. En el año 98 se dio la situación de que la Comedia Nacional se quedaba sin la gran sede, que es el Teatro Solís, por aquel incendio que se produjo, y entonces hicimos un convenio por el cual ellos venían al Victoria a estrenar sus espectáculos. Y se abrió la sala con la obra La ópera de dos centavos, de Brecht, con dirección de Curi y elencos mezclados. Fue una hermosa experiencia y tuvo mucha repercusión. Esa fue la primera reapertura de una sala abandonada y olvidada por más de veinte años.
—Y luego, recientemente, hubo esta segunda etapa, ya que tuvieron que realizarse varias refacciones. ¿Cómo fue el proceso de esta segunda reapertura?
—Bueno, en el año 2024, el edificio, a pesar de todos los cuidados que nosotros tratamos de tener, era superior a nuestras fuerzas. La reparación… Se habían estropeado muchísimo todos los techos y los desagües, porque las lluvias cada vez eran más abundantes. O se arreglaba el teatro o nos teníamos que ir, porque no había posibilidades de obtener el dinero necesario. Además, al ser un teatro patrimonial, hay que cumplir con ciertas cuestiones; es complicado. Nos pusimos de acuerdo en cerrar la sala y reunirnos con las autoridades del banco para informarles de la situación y de nuestras posibilidades. Fue una negociación larga, pues los recursos siempre son escasos y los costos eran elevados, aunque les corresponden al propietario. Al final, nos propusieron empezar a hacer los arreglos progresivamente y tuvimos que cerrar el teatro mientras se organizaban. Se fueron alargando los plazos, pero tuvimos la buena voluntad de las autoridades del Banco de Seguros.
También fuimos informándoles y ellos comprendiendo que somos un grupo de teatro independiente, que ninguno de nosotros tiene un retorno económico y que, al contrario, brindamos muchas horas de labor para mantener la programación y la sala abierta.
Nosotros también queríamos alertar que el teatro, que es un edificio patrimonial, estaba en riesgo y, por suerte, apareció la conexión con el arquitecto Collet, que es especialista en restauración de edificios patrimoniales. Ha reparado el Palacio Salvo y el Palacio Legislativo. Y el techo fue lo prioritario. Ahora estamos con la fachada, que seguramente será restaurada el año que viene. Estamos muy contentos con las autoridades del banco, con la gestión anterior empezaron las negociaciones y luego con la actual, y en todos los casos hemos encontrado una comprensión y una disposición a invertir para rescatar el Victoria. Y ahora estamos en la segunda reapertura, donde la gente nos ha apoyado y nos manifiestaque extrañaba el Teatro Victoria.

—La reapertura se hizo con el estreno de una nueva versión de la emblemática obra del teatro nacional El herrero y la muerte, que reúne a quien fue su director anterior y autor, Jorge Curi, junto a Mercedes Rein, con la dirección actual de Ismael da Fonseca. La obra se ha representado desde los años ochenta durante varias temporadas y tuvo repercusiones que la hicieron una referencia en el contexto represivo de la dictadura. ¿Qué lectura y repercusión podemos inferir en el contexto actual?
—A mí me parece que El herrero y la muerte, que dio tantos frutos en la época de la dictadura, es independiente de la situación política que se viva. En sí misma, la obra, yo creo que es una delicia, ya que a los adultos nos saca el niño que llevamos ahí escondido, porque es un mundo de fantasía, de humor, de absurdo, porque te gusta el juego de poder enfrentarte, como ser humano, a la muerte, al diablo, al paso del tiempo. Y, además, es interesante la pelea del herrero como actitud vital de buscar estrategias para seguir conservando su lugar. La obra es un clásico, donde los uruguayos nos identificamos con algo, es una obra nuestra.
Yo recuerdo que, en la versión anterior, dirigida por Curi en el Victoria, venían quienes la habían visto cuando habían sido niños en el Circular, en los ochenta, y venían acompañados de adolescentes que eran sus hijos y les comentaban sobre lo que pasaba en escena y cómo lo vivían en aquel momento. Tiene un contenido afectivo para la gente. Tiene la obra un encanto muy especial y se va a seguir representando siempre: te divierte y te hace pensar. Y con la puesta en escena que hace Ismael, con la recreación de la fantasía, de las máscaras, tiene otra vigencia que refuerza su teatralidad.
—Asimismo, la sala fue reinaugurada con el nombre de Jorge Curi. ¿Qué aspectos de su actividad artística, de este destacado creador, señalarías?
—Bueno, respecto a qué destacaría de la forma de trabajo de Curi como creador, es que fue un gran maestro y lo disfruté muchísimo por la gran maestría que tenía, por ser él también un gran actor: dirigirte sin decirte casi nada y lograr que uno fuera llegando al objetivo, sin caer. Tenía mucha paciencia para esperar que el actor consiguiera lo necesario para el personaje. Una maravilla que usara esos recursos sutiles, donde parece que no te está diciendo nada; sin embargo, está dándote una pista para que vos encuentres el tesoro, que es la verdad de ese personaje, que te conviertas en ese personaje y lo disfrutes, y contigo, el público.
Además de eso, la fineza con que él trabajaba sus puestas en escena y, además, el humor, el humor que no lo perdió nunca. Y después también que haya tenido la valentía, con más de 70 años, de tirarse al agua para abrir una sala, que se ocupara de cosas de las que nunca en la vida se había ocupado, porque él era director teatral o actor o profesor de matemáticas, pero andar por las oficinas como cualquier persona, haciendo trámites junto con nosotros, me pareció de una humanidad y de una generosidad impresionantes. Era un hombre, un hombre de teatro realmente.