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Entrevista: Marcos Acuña

Mylene |

Entrevista: Marcos Acuña

ENTREVISTA


BOUCHARD – ACUÑA

Marcos Acuña:
“La obra puede funcionar como un thriller, como un drama familiar… Y al mismo tiempo hay una dimensión poética y un misterio que nunca terminan de cerrarse del todo”

Marcos Acuña (1991), integrante de El Galpón, que a su desempeño como actor ha sumado la dirección, pertenece a la generación que egresó de la propia Escuela de Arte Escénico de la institución en 2019, cuyos integrantes vienen marcando una nueva etapa con sus propuestas artísticas. En esta ocasión presenta en escena al autor canadiense contemporáneo Michel Marc Bouchard (1958), quien además estará en Montevideo presenciando la versión de su obra.

Luis Vidal Giorgi

—Este destacado autor canadiense, que escribe en francés, ha sido representado en alguna ocasión y hace años en nuestro medio teatral. ¿Cómo llegaste al texto y cuál es, a tu entender, la relevancia de Bouchard como autor?

—Llegué a Michel Marc Bouchard casi de casualidad. Hace algunos años me regalaron un libro con gran parte de su obra y había quedado en mi biblioteca esperando su momento. Por mi trabajo en el Área Artística de El Galpón, donde una de nuestras tareas es justamente la búsqueda de materiales y el armado de proyectos para el repertorio, todos los años vuelvo a mi biblioteca y empiezo a revisar autores y textos que por distintos motivos no llegué a leer o tenía pendientes.

Y así llegué a Bouchard. Empecé a leer ese libro y fue bastante inmediato: me fascinaron varias de sus obras. Después las compartí con mis compañeros del Área Artística y pasó lo mismo. Encontramos un autor con una escritura muy potente, muy teatral, que además nos abría un universo que sentíamos interesante explorar.

Bouchard es una figura fundamental de la dramaturgia contemporánea de Quebec y un autor con una enorme proyección internacional. Escribió más de veinticinco obras, sus textos fueron traducidos a más de veinte idiomas y existen alrededor de quinientas producciones de su teatro en distintas partes del mundo. Obras como Las musas huérfanas, El camino de los pasos peligrosos, Historia de una oca, La noche en que Laurier Gaudreault despertó o Tom en la granja circularon muchísimo fuera de Canadá.

Y creo que una de las razones de esa circulación tiene que ver con que parte siempre de universos muy concretos, muy ligados a Quebec y muchas veces al ámbito rural, pero desde ahí toca conflictos absolutamente universales: la familia, el deseo, el duelo, los secretos, la violencia, la identidad.

Hay además algo que para mí es muy relevante en su dramaturgia y es la presencia de personajes que históricamente quedaron en los márgenes. La identidad queer atraviesa buena parte de su producción, pero no aparece como un tema colocado desde afuera, sino que está profundamente ligada a los vínculos familiares, al deseo, a la represión, a la construcción de la identidad y a las formas de violencia que una sociedad puede naturalizar.

Y después está su enorme capacidad teatral. Es un autor que construye situaciones muy potentes para los actores y para la puesta en escena. En Tom en la granja eso es clarísimo: puede funcionar como un thriller, como un drama familiar, como una historia de duelo e incluso como una relación profundamente perturbadora entre deseo y violencia. Y al mismo tiempo hay una dimensión poética y un misterio que nunca terminan de cerrarse del todo.

Eso fue lo que más me sedujo cuando empecé a leerlo, descubrir una escritura muy contemporánea que, sin embargo, tiene algo casi trágico. Sus personajes cargan con secretos, con muertos, con deseos que no pueden nombrar, y esos silencios terminan determinando sus vidas. Por eso, aunque Bouchard ya había sido representado anteriormente en Uruguay, nos parecía muy valioso volver a poner su dramaturgia en circulación en nuestro medio.

—¿Qué elementos de la obra te interesaron, desde la temática a las relaciones entre los personajes, para ponerla en escena?

—Principalmente me interesó el abordaje de quienes quedan en los márgenes, del universo queer, de lo diferente, algo que está muy presente en toda la dramaturgia de Bouchard. Pero, particularmente, de todas las obras que leímos, Tom en la granja me resultó muy oportuna para este momento.

Estamos viendo cómo, en distintos lugares de nuestra región y del mundo, ciertos discursos de odio vuelven a ganar espacio y empiezan a permear nuestras sociedades. En ese contexto, me parecía muy potente encontrarnos con una obra que nos obliga a volver a pensar la homofobia, el rechazo a lo diferente y, sobre todo, qué sucede cuando alguien siente que para pertenecer tiene que esconder una parte de sí mismo.

Pero además está, por supuesto, el enorme valor dramatúrgico de la obra. Bouchard hace un trabajo muy particular con la palabra, con los silencios y con aquello que los personajes no pueden decir. En el caso de Tom, además, hay un juego muy interesante con distintos planos de comunicación: lo que dice, lo que piensa, lo que le dice al público, lo que le dice al difunto. Todo esto configura un juego dramatúrgico muy interesante.

Y después está la poesía del texto, que es de una enorme belleza y que convive con situaciones de mucha violencia. Esa convivencia me interesó especialmente: cómo el deseo, el amor, la necesidad de pertenecer y la violencia empiezan por momentos a confundirse y a volverse difíciles de separar.

También es un material extraordinario para los actores. Los personajes atraviesan muchísimos estados y construyen vínculos muy complejos, contradictorios, que se transforman todo el tiempo. Hay algo del thriller, algo del drama familiar y también algo profundamente poético. Como director, esa mezcla me resultaba un desafío enorme y muy estimulante.

Es un texto que me interpeló muchísimo desde la primera lectura y que, incluso después de haberlo estrenado, sigue generándome preguntas. Y para mí esa es una de las grandes virtudes de la obra: no busca tranquilizarnos ni darnos respuestas cerradas, sino dejarnos frente a situaciones y vínculos que nos obligan a preguntarnos qué haríamos nosotros frente a ellos.

—Hay una muerte, un duelo y un encuentro entre personajes que tienen conocimientos diferentes o parciales del fallecido. ¿El tema de la identidad de cada uno de nosotros, no solo de los personajes, y cómo se construye, está presente y de qué modo?

—Sin dudas. La construcción de la identidad es otro de los grandes temas que atraviesan la obra de Bouchard, y en Tom en la granja aparece de una manera muy particular porque todo comienza con una ausencia. Guillermo acaba de morir y, sin embargo, está permanentemente presente a través de lo que los demás dicen, recuerdan o creen saber de él.

Y lo interesante es que nadie parece haber conocido a la misma persona. Tom conoció a un Guillermo, su madre conoció a otro, Francis construyó también su propia versión y Sara termina participando de ese entramado. Cada uno posee una parte de la verdad y, al mismo tiempo, cada uno completa lo que desconoce. Entonces aparece una pregunta que me interesa mucho: ¿quiénes somos realmente? ¿Somos aquello que creemos ser, aquello que mostramos o también somos las distintas versiones que los demás construyen de nosotros?

Ahí aparece también la idea de la máscara social, de la tensión entre el “deber ser” y el ser, y algo todavía más doloroso, la mentira como herramienta de supervivencia. En determinados contextos de violencia y opresión, ocultar una parte de uno mismo puede convertirse en una forma de protegerse, de evitar el rechazo o simplemente de poder pertenecer. Pero ese ocultamiento también tiene un enorme costo en la construcción de la propia identidad.

Durante mucho tiempo muchísimas personas fueron perseguidas por ser quienes eran, por amar a quienes amaban o por no responder a aquello que socialmente se esperaba de ellas, y lamentablemente eso continúa ocurriendo. Por eso creo que la obra excede la historia particular de estos personajes. Nos enfrenta también a nosotros con algunas preguntas: cuánto de nosotros mostramos, cuánto ocultamos para ser aceptados y cuánto de nuestra identidad se transforma en el vínculo con los otros.

Y quizás una de las cosas más conmovedoras de la obra sea justamente que Guillermo ya no está para contar quién era. Son los otros quienes intentan reconstruirlo. Pero cuanto más intentan hacerlo, más evidente se vuelve que ninguna persona puede reducirse a una única versión.

—¿La obra en definitiva nos plantea cómo vivimos la sexualidad y que, pese a los cambios culturales y la erotización de las redes, por ejemplo, sigue siendo un tema silenciado en su verdadera dimensión amorosa?

—Creo que la sexualidad está presente, pero no sé si diría que la obra habla específicamente de cómo vivimos nuestra sexualidad. Para mí Bouchard abre una pregunta bastante más amplia sobre el deseo, el amor, la identidad y sobre qué vínculos pueden ser nombrados y cuáles todavía necesitan permanecer ocultos.

La obra comienza con una situación muy dolorosa: Tom acaba de perder a la persona que ama y llega a una familia frente a la cual ese amor no existe, porque nadie sabe quién es él. No puede ocupar públicamente el lugar que tuvo en la vida de Guillermo, por lo tanto, tampoco puede transitar su duelo desde ese lugar. Hay algo muy violento en que un vínculo haya sido profundamente real para dos personas y, al mismo tiempo, haya tenido que permanecer invisible para los demás.

Y después Bouchard complejiza todavía más el deseo a través de la relación entre Tom y Francis. Ahí las fronteras empiezan a volverse mucho más inquietantes: conviven la atracción y el rechazo, la violencia y la necesidad del otro, el sometimiento, la fascinación. La obra no intenta ordenar esas contradicciones ni ofrecer una mirada tranquilizadora sobre ellas.

Por eso creo que, más que hablar de una sexualidad silenciada en su dimensión amorosa, la obra nos enfrenta a algo que para mí es todavía más profundo: qué sucede con nosotros cuando aquello que deseamos o amamos no puede ser dicho, reconocido o legitimado frente a los demás. Y qué consecuencias puede tener vivir durante demasiado tiempo bajo ese silencio.

—¿Alguna situación o diálogo que consideres significativo y quizás quede flotando en la memoria de los espectadores?

—Hay muchas. Es una obra que construye imágenes y situaciones muy potentes, y algunas quedan resonando incluso después de terminada la función.

A mí particularmente me conmueve mucho la situación inicial. Tom llega a la granja para despedir a la persona que ama y descubre que, para esa familia, él no existe. No existe como pareja de Guillermo, no existe la vida que construyeron juntos y, de alguna manera, tampoco tiene reconocido un lugar desde el cual transitar ese duelo. Me parece una situación de una enorme violencia.

También hay un juego muy teatral que me fascina y que atraviesa toda la obra: unos personajes les mienten a otros, algunos tienen una parte de la información que los demás desconocen y, por momentos, incluso tienen que interpretar personajes frente a los otros para poder sostener esas mentiras. Se construyen pequeñas ficciones dentro de la propia ficción. Hay personajes que saben que están asistiendo a una representación y colaboran con ella, mientras otros creen que aquello que están viendo es verdadero. Eso genera situaciones de gran tensión, pero también momentos de mucho humor e ironía. Como director, todo ese mecanismo de teatro dentro del teatro me resultaba muy interesante y con mucho potencial.

Por supuesto, está también todo lo que sucede entre Tom y Francis. Es un vínculo que se transforma permanentemente y que resulta muy difícil de definir. Hay violencia, miedo y sometimiento, pero también fascinación, necesidad e intimidad. Bouchard consigue que, por momentos, uno no sepa exactamente hacia dónde puede desplazarse esa relación, y creo que esa ambigüedad queda flotando bastante en el espectador.

Y hay un momento hacia el final de Ágatha que a mí me sigue conmoviendo función tras función, pero prefiero no contar demasiado porque quisiera que el espectador llegue a él sin demasiado spoiler. Hay algo ahí de una madre intentando reconstruir a un hijo al que quizás nunca terminó de conocer que, para mí, condensa muchas de las preguntas que plantea la obra.

No sé si podría elegir un único diálogo que quisiera que el espectador se llevara. Me interesa más que permanezca una sensación, una pregunta. Que, al salir de la sala, algo de esos vínculos continúe resultando incómodo, difícil de resolver. Creo que las obras que más me interesan son justamente aquellas que no terminan cuando se apaga la luz, sino que siguen trabajando un poco dentro de nosotros.

—¿Otros elementos de la puesta en escena que quieras destacar?

—Es un texto muy desafiante, tanto a nivel de puesta en escena como de dirección de actores. A mí me ayuda mucho, cuando dirijo, encontrar un concepto de puesta que pueda englobar la obra, una especie de universo común desde el cual después pensar el espacio, la luz, la música, el vestuario, los cuerpos y, fundamentalmente, el trabajo de los actores. No me interesa tanto que cada elemento funcione de manera independiente, sino que todos respondan a una misma lógica y ayuden a contar.

En Tom en la granja trabajamos mucho sobre la idea de un espacio que pudiera transformarse junto con los personajes. La obra comienza en un territorio aparentemente reconocible, pero progresivamente los vínculos se vuelven más complejos, las certezas empiezan a correrse y el espacio también acompaña ese recorrido. Me interesaba que la puesta fuera adquiriendo algo cada vez más inquietante a medida que Tom se interna en ese universo.

Para construirlo tuve la suerte de contar con un equipo artístico que enriqueció las ideas iniciales y fue aportando nuevas capas durante todo el proceso.

Y hubo un trabajo muy intenso con los actores. El elenco está integrado por Alicia Alfonso, Cristian Amacoria, Luciano Chattón y Camila Diamant. Desde el comienzo trabajamos mucho en encontrar y asentar un código actoral común que pudiera vehiculizar esta historia de la mejor manera. La obra transita por lugares muy diferentes: tiene momentos de enorme crudeza, pero también humor, poesía, erotismo, violencia y algo del thriller. El desafío era poder atravesar todos esos registros sin que parecieran pertenecer a universos distintos.

También son personajes profundamente contradictorios, en los que muchas veces lo que dicen, lo que hacen y lo que desean no coinciden. Por eso trabajamos mucho sobre los vínculos, sobre aquello que sucede en los silencios, sobre la escucha y la contraescena, y sobre cómo sostener una tensión que atraviesa prácticamente toda la obra sin perder verdad.

Una de las cosas más lindas del proceso fue comprobar cómo aquello que inicialmente existía como una idea de puesta empezó a transformarse cuando aparecieron los cuerpos de los actores, el espacio, la luz, la música, el vestuario y todos los elementos concretos de la escena. Ahí la obra dejó de ser solamente aquello que habíamos imaginado y empezó a adquirir una identidad propia.

Para mí, la dirección también tiene mucho que ver con eso: proponer una mirada y un universo, pero también generar las condiciones para que el encuentro con los otros artistas los transforme y los haga crecer. Por eso, siento que la puesta que hoy ve el público es el resultado del trabajo, el compromiso y la sensibilidad de todo un equipo.

Y hubo, además, algo muy especial en todo este proceso. Una vez que Michel Marc Bouchard supo que íbamos a representar Tom en la granja en El Galpón, tuvo la enorme generosidad de ponerse en contacto conmigo y, desde entonces, estuvimos intercambiando correos durante todo el proceso de ensayos. Para mí, que había llegado a su obra casi de casualidad a través de aquel libro que llevaba un tiempo esperando en mi biblioteca, terminar dialogando directamente con el autor mientras estábamos construyendo la puesta fue realmente un privilegio.

Y ese intercambio va a tener ahora una instancia todavía más especial: Bouchard viene a Montevideo y el 17 de octubre va a asistir a una función de Tom en la granja. Al finalizar, vamos a realizar un encuentro con él y con el público presente. Me parece una oportunidad extraordinaria, no solamente para nosotros como equipo, sino también para que los espectadores puedan encontrarse con uno de los dramaturgos quebequenses contemporáneos de mayor proyección internacional y conversar con él a partir de la experiencia de haber visto su obra.

De alguna manera, se cierra un círculo muy lindo: aquel libro que un día abrí buscando materiales para nuestro repertorio terminó convirtiéndose en una puesta en escena y también en un diálogo directo con su autor.

 

 

 

 

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