“Me interesa tratar la memoria en dos dimensiones, la colectiva y la individual. Vamos a encontrar a una familia que se organiza para intentar hacer una síntesis de cuatro décadas de democracia”
Carla Grabino (1978), actriz integrante del Teatro Circular, ha incursionado en la dramaturgia como —según ella misma lo define— un proceso natural de su búsqueda de expresión escénica. Ahora completa ese recorrido creativo asumiendo la dirección de otra obra de su autoría: Contarte el mundo.
Luis Vidal Giorgi
—Anteriormente el Circular había presentado una obra tuya, Es solo el viento afuera. Ante el estreno de otra de tus obras y, además, como directora de la misma, contanos, a modo de introducción: ¿cuál ha sido tu formación y cómo se ha dado tu acercamiento a la escritura teatral?
—Siempre digo que soy una actriz que escribe. No me interesa que me reconozcan como dramaturga, sino como una creadora teatral, que para mí supone una concepción más integral del teatro y no tan fragmentada. Si pensamos en el hecho artístico como un todo, ocupar uno u otro rol debería ser más variable o más flexible que lo que estamos acostumbrados a imaginar a priori. Yo me formé como actriz en la EMAD, hace ya muchos años. No tengo formación específica como dramaturga; sí tengo una gran pasión por la lectura, la poesía, la narrativa y los textos dramáticos. Creo que, si el acto de escribir nace de un interés genuino por la expresión escénica, escribir teatro no debería ser algo excepcional, mucho más pensando en la necesidad que tenemos de contar con nuevos textos teatrales de autores y autoras nacionales.
—En la obra hay un tema de encuentro y quizás también de desencuentro entre generaciones, atravesado por las vivencias y los valores de cada momento histórico y su contexto. ¿Cómo es esa relación y qué aspectos se vuelcan en ella?
—Me interesó mucho que el tema central de la obra, que de alguna manera es la resistencia a la dictadura simbolizada en el personaje protagónico, fuera vivenciado por tres generaciones diferentes: la que precisamente vivió ese momento histórico, la de sus hijos, que es obviamente la mía, y la de nuestros hijos, a su vez, que son los veinteañeros del presente. Yo observo mucho a los jóvenes desde la admiración y la escucha. Creo que tenemos que aprender muchísimo de sus batallas y de cómo se organizan para pelearlas. Hay una forma nueva de resistencia en las nuevas generaciones, mucho más horizontal, más universal y más inclusiva. Ya no encontramos militancia joven que no esté atravesada, por ejemplo, por la igualdad de género. Eso no se dio en los 70, y también me interesa exponerlo. El que pasó a la historia fue el hombre; sin embargo, hubo una mujer que no trascendió y tuvo mucho que ver en su creación literaria, pero su nombre no es reconocido.
En la obra, el personaje de la nieta del protagonista es la única que lo enfrenta desde la tranquilidad, incluso desde el humor; de alguna manera, vive más liviana que el resto, más libre.
—Asimismo está presente el tema de la memoria, tanto en el protagonista por su enfermedad como en general, la manera en que recordamos y necesariamente al mismo tiempo olvidamos. ¿Cómo se expresa el recordar y el olvidar en la obra y en la relación entre los personajes?
—Me interesa tratar la memoria en dos dimensiones, la colectiva y la individual. Vamos a encontrar a una familia que se organiza para intentar hacer una síntesis de cuatro décadas de democracia. Es inevitable que nos preguntemos qué hacíamos en cada momento, cómo nos enteramos de algunos hechos impactantes, qué nos genera una canción, un jingle televisivo, una frase que quedó para la historia. La memoria es finalmente la entidad que nos constituye, la que nos da identidad. Lamentablemente seguimos teniendo problemas con ella como sociedad, a veces me cuesta creer que vuelvan a aparecer discursos que tuvieron eco hace tantos años, en plena democracia. Parece que no hubiésemos aprendido nada… eso duele.”
—Al tener también el rol de directora y trabajar con un texto propio, ¿de qué forma se ha dado la relación con el aporte creativo de los actores en la puesta en escena? ¿Te han iluminado sobre algunos aspectos de los personajes que no estaban tan presentes en tu escritura?
—Sí, por supuesto. Siempre digo que el texto se completa en la escena: ahí ves realmente lo que funciona y lo que no. En este caso, el elenco fue muy activo: cambiamos escenas de lugar, cortamos otras, reformulamos diálogos, ¡incluso pensamos juntos el final! La obra avanzaba en los ensayos y yo no veía que el final que había escrito funcionara. Cuando llegó el ensayo en el que había que marcarlo, me acuerdo de que nos sentamos todos para hacer trabajo de mesa y les dije muy sinceramente: “Así como está escrita la última escena, no funciona. Pero no sé para dónde arrancar”. Entonces todos empezaron a proponer y a aportar, y tuvieron la disponibilidad para probar diferentes opciones, hasta que encontramos la que nos gustó. Para mí, contar con esa actitud de parte del elenco fue liberador, porque como directora tuve permiso para equivocarme y corregir, para ir para atrás y para adelante o para decir, desde un lugar muy honesto, “no sé cómo resolverlo”.
—Como arte teatral, no es fundamentalmente literatura narrativa, donde lo que importa para definirlo es el diálogo o las situaciones, reacciones o acciones de los personajes, y no tanto los temas que trata. ¿Qué diálogos o situaciones te parecen significativos de la obra?
—Hay varios diálogos entre los personajes que tienen la riqueza de estar sostenidos por la situación que los produce. Particularmente, hay toda una escena sobre el final donde el personaje protagónico se sincera con su hermana. De alguna manera, deja de interpretar al personaje reconocido socialmente para mostrarse tal cual es, en sus contradicciones y su vulnerabilidad. Pero también dice finalmente lo que a él le interesa exponer al mundo académico, sus advertencias como pensador acerca de un mundo en el que el fascismo sigue presente. A todas y todos nos emociona mucho esta escena, jugada mágicamente por Walter Rey. Dirigirlo es un placer: tiene una intuición escénica arrolladora. Que haya aceptado ser dirigido por alguien que debuta en ese rol habla de su grandeza y de su humildad.
—¿Algo más que quieras agregar?
—Tendremos pocas funciones. En octubre vamos los sábados y domingos, pero en noviembre pasamos a los viernes, por lo cual, si les dieron ganas de verla —ojalá que sí—, no se duerman en los laureles, como dice el personaje de la obra en uno de sus parlamentos.