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Hermandad teatral México – Uruguay

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México – Uruguay

» Bambis dientes de leche» de Antón Araiza

En tiempos mundialistas, regresa a México una obra que reivindica el derecho a ser diferente

Dirigido por David Jiménez Sánchez, Bambis dientes de leche, monólogo escrito y protagonizado por el dramaturgo, director y actor mexicano Antón Araiza, relata algunas experiencias biográficas y realiza un recorrido por el México de los años 80 para evocar diversos momentos de su infancia que ayudaron a forjar su identidad.

Narrada en el contexto del Campeonato Mundial de Fútbol México 86, la puesta en escena toma a ese deporte como pretexto para hablar de lo que apasiona y lo que no gusta. Pero también de los sueños, las oportunidades y las circunstancias que llevan a tomar decisiones importantes en la vida. Alude, asimismo, a una infancia llena de miedos e ilusiones, y a la libertad de expresar nuestros deseos como medio para alcanzar la felicidad, aunque esta sea momentánea. La obra aborda las fantasías de la niñez y plantea una interrogante voraz y contundente: ¿se lograron esos sueños?

Pero la trama no solo expone una visión biográfica de un grupo social en torno del balompié; también aporta un refrescante punto de vista sobre el ser humano que se construye en el contexto de una pasión colectiva, el fútbol.

La historia captura el México de 1986 visto desde ojos infantiles, ya que el protagonista tiene cinco años. La obra inicia en una humilde fiesta de cumpleaños en plena euforia mundialista, y cuando una nación entera sucumbe a la fiebre pambolera, a pesar de que el equipo anfitrión será eliminado en cuartos de final por Alemania en una emocionante tanda de penales. El protagonista cuenta una situación límite en su fiesta: le regalan la inscripción al equipo de fútbol “Bambis dientes de leche”, y él, que prefiere montar a caballo, debe confrontar las expectativas de papás, tíos y primos futboleros, a quiénes teme decepcionar.

El niño estudia el fútbol, lo desmenuza científicamente y dice “no me gusta”. Pero entiende por qué a las mayorías les gusta ese deporte, y elige otra cancha: el teatro, aun cuando en tiempos de mundiales resuenan derrotas y victorias que entran en la memoria colectiva, como los recuerdos de Bambi, que evocan cuentos infantiles. Ante su dilema, el personaje acepta algo: las semejanzas que tiene el fútbol con el teatro, con la presencia escénica en equipo. No lo practica, pero lo siente próximo. Aunque el pretexto futbolero no es sobre goles sino sobre metáforas de vida, de trabajo en equipo desde su cancha, el escenario, por donde irán deslizándose parlamentos sobre la sociedad, la familia y la identidad. Desde allí el personaje averigua, cuestiona y se forma una postura auténtica en contra de la mayoría.

La puesta en escena propone un potente vínculo con los espectadores con un mínimo de elementos escenográficos: un piso de lona, un trapo de piso y una cubeta como únicos recursos que acompañan al actor. Araiza decidió que la potencia actoral era el camino para montar esa historia personal. También se incluyen algunos elementos escénicos mágicos, como estar estático a los resbalones sobre una lona con agua, o al trasmitir el partido entre México y Alemania bailando tap, lo cual potencia la narración. Así, la trama evoca, para quienes no lo vivieron, y revive, para quienes fueron testigos.

El fútbol y el teatro congregan multitudes en un instante vivo. Y la obra, que demuestra la resiliencia del teatro independiente ante la precaria situación económica cultural federal, sigue vigente porque muchos de quienes vivieron en 1986 están vivos. “Para los que tienen más de 50 años, evoca la niñez y la juventud; para los de 70-80, la paternidad. El fútbol permea a todos y guste o no, los une. Sin embargo, los cambios sociales potencian un mensaje sobre identidad, diversidad, inclusión y relaciones familiares”, dice Araiza.

Y añade: “La expectativa es clara, mas no sencilla: que los asistentes reflexionen mínimamente si realmente son y hacen lo que aman. Y quienes apenas están formándose, que se lo planteen como un posible objetivo, para que sean auténticos o que lo intenten siquiera”.

Hoy, con el Mundial 2026 coorganizado por Estados Unidos, Canadá y México a meses de iniciar, Bambis regresa revitalizada. Fusiona tap, stand-up y trapeo escénico en una hora que deja al público riendo, reflexionando y, sobre todo, conectado.

 

«La visita del Ángel» , una exploración sobre el amor de los abuelos

 La obra de Vicente Leñero conserva vigencia no obstante el paso del tiempo

A 43 años de su estreno, La visita del ángel, del dramaturgo y escritor Vicente Leñero (1933-2014), regresa a los escenarios de la Ciudad de México. En un país y en un mundo que han sufrido cambios profundos en muchos sentidos, la obra no ha perdido vigencia, ya que entre sus temas resaltan problemáticas sociales que aún permean la vida contemporánea, como el acoso a las mujeres, la violencia intrafamiliar, el caos vehicular y la contaminación en la megalópolis.

A través de una situación aparentemente simple, la obra habla de un matrimonio ya maduro donde el afecto ha triunfado con los años, y del amor incondicional hacia su nieta. El silencio inicial que prima entre los dos personajes ya mayores, se transforma en un remolino de relatos que van de lo tierno y cómico a lo inquietante y picaresco cuando llega la nieta. Al mismo tiempo, la puesta en escena retrata las diferencias entre la juventud y la vejez, así como la complicidad entre abuelos y nietos.

Dividida en dos actos y bajo la dirección de Benjamín Cann y Miguel Santa Rita, tres actores y una cocina fue lo que necesitó la obra para su montaje en el Foro Lucerna tras su regreso a las tablas. La pieza apuesta por la sencillez. Una cocina, una mesa y gradas pequeñas que rodean el escenario bastan para que el público se sienta dentro de una casa en un barrio de clase media de la Ciudad de México, como un visitante más que observa en silencio.

Un silencio que prevalece más de la mitad del primer acto, mientras el par de ancianos —interpretados por Silvia Mariscal y Juan Carlos Colombo— esperan la llegada de Malú, su nieta (Jesusa Ochoa Leñero, nieta del dramaturgo ya fallecido). La ausencia de ruido muestra la vida apacible de los adultos mayores.

Ese día, la anciana entra a la cocina, enciende la radio en una estación de cumbias y salsas viejitas y comienza a preparar una sopa. Él se sienta a la mesa con el periódico mientras come a escondidas algo que seguramente el médico le prohibió. Comparten la tarde entre el silencio, la lectura y algunas palabras sueltas. Todo mientras esperan a su nieta, que como cada semana llegará a visitarlos.

Estrenada por primera vez en agosto de 1981 en el Centro Cultural Universitario, Vicente Leñero puso énfasis entonces sobre el silencio en su texto. Según su testimonio, la historia se le ocurrió cuando pasaba por el Parque Hundido, ubicado a un lado de la avenida Insurgentes de la ciudad capital, donde vio a una pareja de abuelos. Explicó entonces: “No, no hablaban, no necesitaban hablar. Así podían pasarse toda la mañana, toda la tarde, todo el resto de la existencia. Parecían haber llegado a una edad en la que ya no requerían palabras para comunicarse y vivir en perfecta armonía”.

En la obra, el sosiego solo es interrumpido por los sonidos de la cocina: la licuadora, el cuchillo contra la tabla de picar, el agua saliendo del grifo, o por el paso ocasional de una patrulla en el exterior, y pocas veces, por las voces de los abuelos cuando hablan entre sí. El tiempo se eterniza hasta que suena el timbre y llega la nieta, el ángel al que estaban esperando, momento en que se fractura la quietud.

La entrada de la joven es tangible. Se adueña del espacio, se apropia de la locución, enlaza una anécdota con otra y llena la cocina de palabras, risas y energía. Abraza a los octogenarios y los llena de vida como si se tratara literalmente de la visita de un ángel. Durante su estadía la pareja hace pocas preguntas, solo se observan entre ellos, se sorprenden y la miran con ternura. Es una visita rápida. Mientras platica, Malú, joven universitaria, va de un tema a otro, desde el tráfico en la capital, hasta la historia de una de sus tías paternas, a quien su esposo “le daba unas tranquizas de mandarla al hospital”.

Casi unilateral, la conversación se interrumpe cuando la joven se da cuenta de que no ha dejado que sus abuelos respondan. Se excusa entonces: “Soy un desastre. Todo mundo me hace burla en la universidad. ‘Ahí viene la cotorra’, me dicen. Luego no dejo hablar a nadie. Hasta me da pena. Con ustedes no. Con ustedes me gusta echar rollo. Ustedes me aguantan, ¿verdad, abuelito?”. Mientras comen, la pareja escucha atenta sus historias, sin juzgarla. Asienten con cada oración.

Uno de los momentos más significativos para los abuelos ocurre en el segundo acto. Su nieta les confiesa la confianza que les tiene, pues más allá de sus amistades, ellos son los únicos con quienes comparte su vida. Les explica que salió de vacaciones a Acapulco, Guerrero, con su amiga Graciela. La noche de su llegada, un hombre las acosó mientras una de ellas estaba en el sanitario. Al día siguiente conocieron a un par de estadunidenses con quienes pasaron el resto de su estadía. “¿Y tu mamá qué piensa?”, pregunta la abuela. “Ay, no, de los gringos no le conté nada. Ella no entiende esas cosas, no es como ustedes. Para qué me arriesgo a una discusión que a lo mejor acaba en problema. Qué caso tiene, sobre todo ahora que andamos tan bien. Nos estamos llevando de maravilla”, explica.

La visita culmina y tras la partida de Malú el lugar vuelve al silencio. Ambos coinciden en que su nieta es una buena persona. Se abrazan y arreglan el lugar. De pronto suena el teléfono y la abuela toma la llamada. En la cocina, el abuelo se da cuenta de que la llave del lavadero se quedó abierta. Se levanta a cerrarla, pero un dolor lo detiene, es la muerte, que también llegó a visitarlo.

El texto es demasiado descriptivo. Entre sus líneas, más que diálogos, resaltan las acotaciones del autor. Narra a fondo las acciones de sus personajes, de los objetos que utilizan y del espacio en el que se desenvuelven. No obstante, pareciera que esas puntualizaciones tienen una función: ralentizar su lectura e interpretación, a fin de que la lentitud del tiempo durante la espera de los abuelos sea tangible.

La pieza es experimental y, a pesar del paso de los años, se ajusta a cada época. El mismo Leñero dejó espacio para que los actores cambien algunos diálogos dependiendo del momento en que sea representada.

 

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