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Hermandad Teatral México – Uruguay

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HERMANDAD TEATRAL

MÉXICO – URUGUAY

 

Dios le guarde su hora

Una obra de Blanca López Arzola sobre heridas que no cierran y fantasmas que permanecen

Escrita a partir de hechos reales desde un lenguaje profundamente poético y humano, la puesta en escena de Dios le guarde su hora nos transporta a la Sierra Tarahumara, Chihuahua, un estado del norte de México fronterizo con Estados Unidos. La trama, que mezcla la realidad y el mundo onírico a través de la memoria, el duelo y los fantasmas del pasado en los accidentados y abruptos paisajes de la Sierra Madre Occidental −con sus cañones, barrancas y comunidades perdidas que han sido azotadas por el abandono, la miseria y la violencia− mueve al espectador a echar un vistazo a esa cruda realidad.

El título de la obra escrita por la dramaturga y antropóloga Blanca López Arzola remite a una frase popular que se les dice a los que van a morir deseándoles una buena muerte. Y así están los personajes urdidos por esta realizadora originaria de Parral, Chihuahua: muriendo y viviendo una y otra vez en un ciclo aterrador.

El universo que Dios le guarde su hora construye remite de inmediato a los paisajes yermos de Juan Rulfo, donde el polvo y la desolación esconden fantasmas bajo el peso del pasado y la pobreza. Es en esta capacidad de crear imágenes de escalofriante belleza poética, en hablar de flores que crecen en las cuencas de los ojos de los muertos que yacen bajo tierra, de un fuego que convierte los labios en cera derretida, de sembradíos regados con la sangre de los caídos, donde destaca la dramaturgia de Blanca López.

La autora, que sabe bien lo que es la vida en el desierto, sumerge a sus personajes en ese ambiente signado por condiciones de vida lacerantes, pero lo que nos proyecta es su humanidad. Desde los anhelos y el ensueño de Juana, los personajes van y vienen, vuelven y circulan una y otra vez por el mismo espacio: el de la muerte y la memoria.

La historia se centra en tres personajes y se entreteje a partir de un secreto que el viento susurra en sus oídos. Una misionera, Juana, escucha un llanto de mujer que la guía hasta su ahijado, Ernesto, un joven marcado por las carencias. Al enfrentarse a la decisión de abandonar su hogar para buscar sustento, Ernesto se ve detenido por la presencia de Rigoberto, su padre muerto, que regresa como una fuerza que lo confunde, lo sabotea y lo arrastra hacia un ciclo de pérdida. Juana intenta proteger al joven y romper ese destino, enfrentándose a Rigoberto, cuya sombra encarna la violencia y la herida que persisten en la comunidad.

Los personajes habitan un plano existencial sumido en la violencia fratricida y deambulan por un limbo eterno entre la memoria y el purgatorio. La narrativa explora los ciclos de miseria, violencia y muerte que existen en la Tarahumara desde espacios surreales y oníricos. Se habla de comunidades que persisten al paso del tiempo transmitiendo desolación y memoria, pero también la fuerza de las comunidades que buscan sobrevivir.

A través de la oscuridad de la sierra, con los pies mancillados por el camino y tratando de encontrar a la mujer cuyos llantos no deja de escuchar, Juana va en busca de su ahijado y se enfrenta cara a cara con la boca del arma de un sicario. Aun con el acero frente a sus ojos que en un segundo le arrancaría la vida, lo que más le aterra a la misionera es aquello que se esconde entre el humo, en ese espacio donde el presente y pasado se difuminan, donde los muertos andan con la fuerza que les da la memoria. Ahí transitan por la eternidad un niño que busca huir de su miseria, el recuerdo de un padre que busca perpetuar sus violencias a través de su semilla, y una mujer que quiere terminar con un ciclo que pareciera imposible de quebrar.

Entre sueños, Juana ve aparecer a Rigoberto (el padre de su ahijado) con un paliacate chorreante de sangre, cantando una famosa canción de Los Bukis que rememora el mortífero poder de la amapola y de los cientos de muertos que esconde la frialdad de la tierra. En ese espacio neblinoso se encuentra también Ernesto, el niño, que es un títere manipulado por Rigoberto. El infante sueña con un mejor futuro lejos de la Sierra, como queriendo huir del hambre que siempre le aqueja, pero no puede dejar de aceptar el sombrero que su violento padre le ofrece. Entre sueños y pesadillas, con el polvo de la tierra seca en los pies y agotada por el peso de las lágrimas que las mujeres de la región no se permiten llorar, Juana quisiera escapar de los fantasmas que la acechan, más el ciclo habrá de volver a comenzar.

Bajo la dirección de Juan Carrillo, Dios le guarde su hora ganó el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo 2025.

Los actores Rodolfo Guerrero, Judith Inda, Ernesto García y Omar Silva y su equipo creativo logran imágenes a la vez poderosas y llenas de poesía, utilizando recursos como títeres, música en vivo y teatro de sombras, que amplían la narración y generan atmósferas entre la memoria y el presente, entre los vivos y los muertos.

 

Variaciones sobre el café: una investigación escénica sobre la economía política del cuerpo femenino

Después de dos años de investigación de campo con productoras y clasificadoras de café de la comunidad de Pluma Hidalgo, en Oaxaca, México, la performer e investigadora uruguaya Mariana Blanco, y la curadora y creadora escénica mexicana Alicia Laguna, montaron la puesta en escena de Variaciones sobre el café, una obra que entrelaza los cuerpos y sentires entre mujeres de diferentes culturas y tradiciones con prácticas ancestrales y cotidianidad, y que refleja el impacto del trabajo en el cuerpo femenino.

Se trata, también, de un relato íntimo que entrelaza memoria y sensaciones corporales, con deseos olvidados y fragilidades que fortalecen, y que propone el cuerpo femenino como territorio de lucha, resistencia y conquista. Las acciones que se suceden en un relato trenzado entre la protagonista y las voces y sentimientos de las cafeticultoras de Pluma Hidalgo demuestran cómo el arte puede abrir espacios de reflexión sobre las realidades en las comunidades de Oaxaca.

El montaje es resultado de un proceso de investigación artística que comenzó durante la pandemia de 2020, cuando Mariana Blanco, radicada en México desde hace dos décadas, impartió talleres gratuitos de movimiento en dicha comunidad. Relata que de esa experiencia surgió una pregunta que orientó el desarrollo del proyecto: ¿Qué consumimos realmente cuando bebemos una taza de café? A partir de ese cuestionamiento, explicó Blanco, el interés dejó de centrarse en el producto para dirigirse hacia las personas cuyo trabajo, prácticamente invisible, sostiene toda la cadena de producción.

Durante aproximadamente dos años, Blanco viajó semanalmente a Pluma Hidalgo para convivir con un grupo de mujeres dedicadas a la selección manual del café. Más que reunir testimonios, la investigación dio lugar a una metodología de creación compartida, en la que el entrenamiento corporal, la conversación y la observación mutua se convirtieron en materiales de construcción dramatúrgica.

Posteriormente, Alicia Laguna articuló ese material desde una propuesta escénica que integra recursos del teatro, el performance, la instalación y el lenguaje documental.

Antes de empezar la función, sobre tres mesas se alinean 23 bolsas con distintas cantidades de granos de café. Cada una lleva apuntes escritos que Blanco redactó mientras contaba semillas, ejercicio propuesto por Laguna para acercar a la intérprete a la repetición física que enfrentan diariamente las clasificadoras. Durante 40 días dedicó cerca de 30 horas a esa tarea antes de incorporarla al escenario, donde el público lo recorre ahora mientras lee los textos y percibe el aroma antes de ocupar sus lugares.

 

 

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