COLUMNA DE CINE

Permanencia de los iraníes

Nota / 1 agosto, 2019 / Guillermo Zapiola

Uno de los escasos efectos colaterales positivos de la muy represiva revolución islámica que derrocó al régimen corrupto y autoritario pero modernizador del Sha Reza Pahlevi fue probablemente el surgimiento de una generación de cineastas de los cuales Abbas Kiarostami y Mohsen Makhmalbaf son acaso los nombres más representativos. Pese a dificultades y encontronazos con la censura, esa gente ha tenido herederos. Algunos pueden ser vistos hoy en las carteleras montevideanas.

En una de sus usuales “boutades”, Jean-Luc Godard afirmó hace no demasiado tiempo que el cine había nacido con Griffith y muerto con Abbas Kiarostami. No es cierto, y más bien se trata de otra de las tantas salidas de Godard para demostrar que el cine está muerto, concepto para probar al cual Godard ha aportado, entusiastamente, las películas que ha venido haciendo durante los últimos treinta o treinta y cinco años.
A un nivel más sensato se puede afirmar, por cierto, que la muerte de Kiarostami fue una desgracia para el cine y significó la pérdida de un artista mayor, pero que su arte sigue vivo. Y el propio cine iraní, que no ha dejado de tener problemas con el rigorismo censor de los ayatolas: las películas de Asghar Farhadi o Jafar Panahi son una prueba de ello, aunque les provoquen dolores de cabeza a sus autores y sus adversarios.
Dos películas iraníes recientes han coincidido en la cartelera cinematográfica montevideana (hace poco se vio también 24 Frames, la última obra de Kiarostami), y sirven de prueba a lo afirmado.
Una de ellas es Tres rostros, la última película de Panahi, quien se supone tiene prohibido filmar pero al parecer hay autoridades distraídas. La película se centra en el  propio director y la veterana actriz Behnaz Jafari, que se interpretan a sí mismos y viajan a una remota región de Irán en respuesta al desesperado mensaje de otra actriz (Marziyeh Rezaei), quien anuncia su intención de suicidarse. El viaje sirve para explorar la relación entre los dos personajes que lo realizan, pero de a poco se desliza hacia una reflexión sobre tradiciones represivas y el poder de las redes sociales.
Cuarto largometraje de Panahi desde que se le prohibió oficialmente dirigir películas aunque lo siga haciendo, hay ecos inevitables del cine de Kiarostami en este nuevo trabajo del cineasta. Los diálogos entre actriz y director durante el viaje a través de áridos paisajes, recuerdan la tensión y el desencanto que provocaba el conductor de El sabor de las cerezas, y la inmersión costumbrista en la aldea a la que llegan, abordada desde el humor mediante una serie de personajes por lo menos excéntricos, parecen una actualización de El viento nos llevará.
Si esas pinceladas costumbristas pueden distraer al espectador de la línea principal de la historia planteada al comienzo, esta vuelve a irrumpir con fuerza para liberar una denuncia feroz sobre la situación del cine iraní actual. Suicidio o no, la importancia del enigma pasa a un segundo plano en el momento en el que el encuentro de las tres caras del título tiene lugar. Son tres actrices en lucha contra el poder: las de antes de 1979, castigadas, repudiadas y marginadas hoy; las actuales, con el deber de hacer frente a unas condiciones asfixiantes para la creatividad y la expresión y las futuras, en una situación incluso más delicada para poder prosperar en su arte. Panahi sigue siendo uno de los cineastas más interesantes de hoy.
La otra película iraní cercana es La decisión de Vahid Jalilvand, que arranca cuando un médico iraní choca en la noche una moto en la que viajan un padre y su hijo. El accidente en sí mismo no parece grave, pero el chico podría tener una conmoción o herida interna. El médico, que tiene el seguro vencido, se ofrece a llevar el niño al hospital, pero el padre no acepta, aunque sí se queda con el dinero que le da para arreglar la moto estropeada. También dice que llevará al niño al hospital, pero no lo hace. Días después, el médico se entera que el cadáver del niño ha ingresado en la morgue, y aunque la muerte responde a razones más complejas que el accidente (y en las que el padre también tiene que ver), surge, inevitable, el sentido de culpa.
Lo que sigue es una historia de culpas entrelazadas, donde médico y padre emprenderán un itinerario paralelo en sus respectivas luchas con la propia conciencia. El resultado exhibe esa dosis de humanismo y complejidad humana que parecen un rasgo casi identitario del mejor cine iraní. Y funciona, sobre todo, gracias a su elenco: tanto los actores que interpretan al médico como al padre defienden sus papeles con firmeza, al igual que la actriz que encarna a la doctora amiga del protagonista. Un particular destaque, sin embargo a Zakieh Behbahani, quien juega el papel de la madre del niño y tiene, por lo menos, una escena fundamental. Premios en la sección paralela Horizontes del Festival de Venecia a mejor director y mejor actor.

 

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