Historia del cine

Más británicos: los Korda, Reed

Nota / 1 agosto, 2019 / Guillermo Zapiola

Aunque rara vez el cine británico de preguerra fue capaz de competir en igualdad de condiciones con la gigantesca maquinaria hollywoodense, hubo varios intentos en esa dirección. Haciendo a un lado a Alfred Hitchcock, hay un puñado de nombres a tener en cuenta, y una escuela documental de la que habrá que ocuparse en alguna nota posterior.

En un extremo estaban por supuesto las producciones de baja calidad, realizadas de apuro para cumplir con la cuota de películas británicas que a la que la ley obligaba. En el otro, Alfred Hitchcock fue afirmando en el correr de los años treinta un universo creativo y un estilo personal que se afirmarían aún más en su posterior período norteamericano.
Pero el primer cine sonoro británico no se agotó en esos dos polos. En el medio hubo un puñado de productores, directores y autores preocupados por alcanzar un nivel de calidad, y al mismo tiempo de competir con el cine que hacían en su excolonia, del otro lado del Atlántico. Un viejo chiste hollywoodense afirma que en la entrada de los estudios de los Estados Unidos había un cartel que decía: “para trabajar aquí no hace falta ser húngaro, pero ayuda”, destacando la cantidad de húngaros talentosos, desde Bela Lugosi y Paul Muni a Michael Curtiz, que se habían instalado en la industria.
No hay pruebas de que en Londres haya habido un cartel similar, pero lo cierto es que una familia de húngaros impulsó uno de los principales emporios creativos del cine británico: los hermanos Korda.
El nombre más importante de la dinastía fue probablemente el hermano mayor, Alexander, nacido Sándor László Kellner,  en el seno de una familia judía en lo que es ahora Hungría, donde trabajó como periodista cinematográfico y fundó la compañía de cine Corvin Films. En octubre de 1919 fue arrestado durante la reacción que siguió al derrocamiento del gobierno comunista, y tras su puesta en libertad abandonó su país natal (al cual nunca volvió) y se trasladó a Austria. En Viena y Berlín rodó una veintena de películas, generalmente sobre guiones propios.
Las turbulencias de la Gran Depresión alteraron sus planes. Durante una temporada trabajó en los estudios de la Paramount en Joinville, Francia. En 1932 fue enviado como representante de la empresa a Inglaterra, y allí fundó con sus hermanos Zoltan y Vincent y el guionista Lajos Biro la empresa London Films, que jugaría un papel clave en el desarrollo de la industria del cine británico.
Los Korda apostaron casi siempre al “cine industrial de calidad”, películas comerciales respaldadas en considerables presupuestos, estrellas rutilantes, y con frecuencia temas históricos de cierto peso. Inventaron el género de las “vidas privadas” de gente famosa, comenzando por un excelente Enrique VIII (1933) protagonizado por Charles Laughton y un más mediocre Don Juan (1934) con un decadente Douglas Fairbanks, pero no omitieron a Catalina de Rusia (1934), Rembrandt (1936, también con Laughton) o la lucha de la Inglaterra de la reina Isabel contra Felipe II y su Armada invencible en Fuego sobre Inglaterra (1937), donde ya asomó la pareja romántica Olivier-Leigh. Es posible que Alexander fuera el que tenía la vocación de “historiador”, mientras que su hermano Zoltan prefería la aventura: a él se le deben las agitaciones de la épica africana y colonialista de Ataque al Congo o Mosambo (1935), el semidocumental Sangre y marfil (1937), que lanzó al estrellato al joven indio Sabú, otras aventuras colonialistas como La llamarada (1938) y Las cuatro plumas (1939), y la primera y mejor versión fílmica de El libro de la selva de Kipling (aquí se tituló El hijo de las fieras, 1942, también con Sabú). El nombre de Zoltan no aparece junto al de los tres codirectores (TimWhelan, Michel Powell, Ludwig Berger) de la espléndida aventura “miliunanochesca” El ladrón de Bagdad (1940, otra vez Sabú), pero se sabe que jugó un papel clave en esa producción.
Hacia 1940, los bombardeos de la Luftwaffe introdujeron algunos nuevos cambios en la política de producción de London Films, los Korda optaron por trasladarse a los Estados Unidos y allí se sumaron al esfuerzo de guerra, a veces en forma indirecta (Lady Hamilton, 1941, dirigida por Alexander, con Olivier y Vivien Leigh, evoca las guerras napoleónicas, pero no es difícil establecer un paralelo entre Napoleón y Hitler), en otros casos muy directa (Sahara, 1943, con Humphrey Bogart, Contraataque, 1945, con Paul Muni, ambas dirigidas por Zoltan, ambas con los nazis como villanos). Incluso, pintorescamente, Lady Hamilton tuvo problemas con el código de censura, porque narraba un adulterio (el del almirante Nelson y la dama del título) protagonizado por una pareja que no estaba casada (Olivier, Leigh). Korda argumentó sensatamente que lo que contaba era un hecho histórico, y que a Nelson se lo considera un héroe por haber triunfado y muerto en Trafalgar, no por sus amoríos.
Los Korda continuaron una carrera acaso menos destacada después de la guerra. Alexander abandonó la dirección hacia fines de los cuarenta, y murió pocos años después. Zoltan lo sobrevivió hasta 1961 y realizó algunos films secundarios, y una innecesaria “remake” de Las cuatro plumas llamada El Nilo en llamas (1955, que utilizaba abundante material del original para sus escenas de acción), y por lo menos una película importante, Los desheredados (1951), que hacía a un lado su habitual espíritu aventurero y se ocupaba de un tema socialmente relevante: el racismo en Sudáfrica (lateralmente, asomaba en la película un joven actor “afro” llamado Sidney Poitier).
Aunque London Films fue probablemente la empresa productora británica más importante de los años treinta, pronto tuvo competencia. Nombres como los del productor Michael Balcon o el director Carol Reed, un poco más tarde los de Michael Powell y Emeric Pressburger, y por supuesto la creciente importancia del cine documental en cuyos orígenes estuvieron John Grierson y Robert Flaherty, forman parte de esa historia. A ella volveremos.

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