Columna de cine

La magia de sus pinceles

Cine / 30 marzo, 2019 / Guillermo Zapiola

No es la primera vez que el cine se ocupa de la figura fascinante, contradictoria e irritante de Vincent van Gogh. Un listado seguramente incompleto de las veces que el pintor ha asomado de una u otra forma en la pantalla debe incluir un espléndido documental de Alain Resnais que hacía crítica de arte con la cámara, pero también un excelente biopic de Vincente Minnelli (Sed de vivir, 1956) en el que Kirk Douglas aportó la que probablemente sea la mejor labor actoral de su carrera y en el que el estilo visual de cada secuencia se correspondía con el del artista en ese período de su vida, o la aproximación acaso más realista que el francés Maurice Pialat dedicó a los últimos años de la vida del pintor en una película llamada casualmente Van Gogh (1991), que no estaba mal. Para la curiosidad, más que para la historia del arte, puede quedar también el episodio de Los sueños (1991) de Akira Kurosawa, en el que el alter ego del director se encontraba con Van Gogh en un decorado que imitaba minuciosamente a algunas de sus pinturas, aunque el hecho de que el artista estuviera interpretado por Martin Scorsese hacía que el resultado fuera más pintoresco que convincente (aunque, reconozcámoslo, plásticamente muy atrayente).
El estreno entre nosotros de Van Gogh: en las puertas de la eternidad, de Julian Schnabel, puede considerarse, entre otras cosas, como un daño colateral de la reciente carrera hacia los Óscar: la soberbia labor protagónica de Willem Dafoe, que ya había sido premiado en Venecia, figuró entre las candidaturas a mejor actor (aunque perdió ante el muy respetable Rami Malek de Bohemian Rhapsody) y es probablemente la mejor carta a favor de la película, aunque esta incluya algunos elementos adicionales de interés.
Al igual que la película de Pialat, la de Schnabel se centra en los últimos años de la vida de su personaje, aunque da de él una visión ligeramente diferente. En Pialat había algo —o bastante— de denuncia social, con apuntes acerca de un mundo que no entendía a un artista que estaba mucho menos loco de lo que los demás creían: esa incomprensión lo habría empujado al suicidio. El director Schnabel (él mismo también artista plástico, y cuya filmografía incluye títulos como Basquiat, 1996; Antes que anochezca, 2000; y La escafandra y la mariposa, 2007: tres películas dedicadas igualmente sin casualidad a un artista plástico y dos escritores) y su colibretista Jean-Claude Carriérre, ese viejo cómplice de Buñuel, tienen empero sus dudas y proponen una versión diferente de lo que podría llamarse “la historia oficial”. La película cuestiona la idea generalmente aceptada de que el pintor se suicidó, y esgrime algunos argumentos para sostener su punto de vista. Carriére ha señalado: “Sobre la cuestión del suicidio no existe ningún testimonio, por eso hemos luchado contra esa leyenda. En ese momento Van Gogh pintaba muchísimo, casi un cuadro al día. No es muy creíble el suicidio, entre otras, cosas ni se encontró el arma”. Es posible, sugiere la película, que Van Gogh haya sido víctima de un tiroteo que no provocó, y aunque sobrevivió cerca de veinticuatro horas prefirió no denunciar a los responsables de su muerte. Hay que señalar que una parte del guion se basa en los discutidos apuntes que Van Gogh habría escrito en el último período de su vida, y que su museo aún no ha reconocido oficialmente. Pero, en último término, ese puede ser el tema de un debate entre especialistas, que deberán esgrimir los abominables papelotes correspondientes para demostrar quién tiene razón y quién está equivocado.
La calidad de una ficción biográfica no depende por cierto de la precisión en los detalles de lo narrado: debe sostenerse, en cambio, en la convicción dramática del resultado, en la capacidad para lograr la “suspensión de la incredulidad” del espectador, y que el personaje funcione en la pantalla. En ese sentido, la película de Schnabel es un logro: el perseguido objetivo del director (“el diseño de una personalidad”) está logrado. ¿Fue Van Gogh tal como lo muestran Schnabel y Carriére? No va a faltar quien lo discuta. ¿Funciona su película como retrato de un personaje? La respuesta es: sí.
Volvamos a Dafoe: un actor capaz de no desbarrancar encarnando una discutible variante de la personalidad de Jesucristo (en La última tentación de Cristo, de Scorsese, claro) y después convertirse convincentemente en Vincent van Gogh, es alguien a respetar. Y aunque hay otras figuras interesantes en el elenco (Isaac, Mads Mikkelsen, Emmanuelle Seigner, Mathieu Amalric) es básicamente Dafoe quien justifica el precio de la entrada.
Si uno se pone demasiado exigente puede reprocharle a Schnabel una tendencia a los desencadenamientos del aparato, que finge un estilo de “cámara en mano” como intento de búsqueda de la interioridad de su protagonista. A veces resulta distractivo, pero se trata en todo caso de peccata minuta. El resultado es más que digno.

 

 

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