Esa obra visionaria inauguró la ciencia ficción como género y enfrentó al colectivo a las posibles consecuencias de la revolución científica y tecnológica. Su texto nace del dolor del duelo y del deseo subyacente de cruzar la barrera que separa lo inanimado de lo vivo, pero trasciende lo metafísico, abriendo preguntas en torno al derecho de una entidad artificial a considerarse un ser viviente y a aspirar a la felicidad. Este Frankenstein es un Nuevo Clásico que, en palabras de Arobba, se encuentra “en las fronteras entre el teatro y la danza contemporánea, reivindica el ámbito que nunca dejará de ser el centro de la experiencia y la interacción humana: el cuerpo y la vivencia sensorial de estar vivos, compartiendo un tiempo y un espacio”.